E l enfoque financiero primero y de un supuesto exceso de gasto público después, han impedido ver las causas más profundas de la crisis que padecemos. Y una de las más relevantes es la desigualdad en la distribución de la riqueza. Y no solo en España, pero también aquí. La concentración de la riqueza en una minoría no solo es injusta socialmente sino que genera efectos perversos en la economía.
En primer lugar, porque la mayor parte de esa riqueza acumulada en pocas manos no se destina al consumo o a la inversión productiva, sino que va al ahorro. En segundo lugar, porque para dar salida a ese ahorro acumulado se ha producido una hipertrofia de la industria financiera, de productos y vehículos financieros de enorme complejidad y volatilidad, que escapan al control de todo tipo, incluido el fiscal, haciendo que el sistema sea mucho más inestable.
En tercer lugar, porque la mayoría de la gente, con rentas reales decrecientes, se ve obligada a recurrir al crédito para financiar sus necesidades, generando con ello un nivel de endeudamiento que acaba siendo insoportable para las familias. La crisis que estamos sufriendo hoy es la consecuencia de las contradicciones insalvables de ese modelo de crecimiento desigual, desequilibrado, injusto, especulativo e insostenible.
Y lo peor es que no parece que hayamos aprendido la lección, porque lo que nos proponen desde los Gobiernos para salir de la crisis es ahondar en ese error. La devaluación interior, la reducción de los salarios, de las pensiones y de las rentas de la mayoría es otra vuelta de tuerca en ese camino de desigualdad que nos ha traído hasta aquí.
Y existe evidencia estadística que demuestra que en la crisis se está produciendo, otra vez, una redistribución de la renta en contra de los asalariados y a favor de los beneficios empresariales. Los datos del Instituto Galego de Estatística señalan que en el 2012 la participación de los asalariados en la renta total ha caído cinco puntos en comparación con el año 2008, de forma que ahora es el 43 %. Y en el sentido inverso, el excedente bruto de explotación, que se corresponde con los beneficios empresariales, ha incrementado su parte en esos cinco puntos hasta absorber en el 2012 el 48 % de la renta total.
Y así se ha dado un cambio estructural de enorme relevancia, porque por primera vez en nuestra historia reciente la crisis ha provocado que las rentas empresariales sean superiores a las rentas salariales. Estamos por lo tanto ante una redistribución de la renta que, además de ser injusta socialmente, nos impide salir de la crisis porque se genera un problema de demanda y por lo tanto de crecimiento económico.