Galicia, nacionalidade histórica. Así comienza el Estatuto, según la ley orgánica de 6 de abril de 1981. Por primera vez aparecían unidas esas dos palabras en un texto legal; ni siquiera figuran así en la Constitución. Realidad que identifica una convivencia rica en tradiciones, condicionada por el asentamiento en una tierra cuya situación periférica tiene la mar como una puerta permanentemente abierta. La lengua ha sido su hilo conductor, más o menos consistente o apreciado, que invita a la unidad. Si se estimula el recuerdo es porque la mirada al presente recoge una imagen desenfocada de la que presenta el ideal por lo que tantos han trabajado y siguen trabajando. No es preciso hacer el recuento de lo «ido con el viento», acelerado por la crisis. Vacíos en espacios familiares de las calles urbanas, desmantelamiento de tejido financiero e industrial o más ampliamente empresarial que eran referencias de identidad.
La marca Galicia se mantiene muy dignamente: en casos como el de este diario que tiene por guía ser su voz y en otros que sin llevarla en sus prendas es reconocida en todo el mundo. Acaba de sufrir un golpe en su apreciación exterior como consecuencia de un enmarañado concurso de acreedores. Sobrevive, contra viento y mareas, como entidad bancaria nacionalizada, esperando a unos inversores foráneos, cuya arribada no favorecen sucesos como el referido. Quienes en un gesto patriótico invirtieron en ella no solo han quedado escaldados, sino que han vacunado de escarmiento a cualesquiera otros para el futuro. La nova Galicia que se había publicitado ha quedado en pura máscara. Se ha perdido un patrimonio en términos contables y también el intangible de una manera de operar en el sistema financiero, basada en una tradicional confianza que habría de corresponderse con una acción social. Esa lealtad de los usuarios subsiste todavía en términos admirables, pero puede resquebrajarse si no se resuelven pronto problemas humanos de las participaciones preferentes y obligaciones subordinadas. La importancia de la fidelidad se pone de manifiesto cuando una matriz bancaria foránea usa la marca de la entidad gallega absorbida.
Muchos, sin duda, contribuyen al prestigio de la marca Galicia y deben ser conocidos y reconocidos. Pero es una obligación de quienes tienen responsabilidades de representación pública. Pasaré por alto lo que deseo haya sido una anécdota para olvidar en el Parlamento. El comportamiento de quienes lo integran ¿permite pensar en proyectos que requieran un acuerdo superior a la legítima mayoría absoluta? Son necesarios. Por ejemplo, para la incumplida organización territorial. Existe un espacio para su preparación, libre de servidumbres de la dialéctica parlamentaria. Galicia tiene reconocida su singularidad, con la del País Vasco y Cataluña, en la Constitución. Es hoy una comunidad autónoma más. Quizá mejor administrada que la mayoría. Queda lejos la solidaridad de las manifestaciones que reclamaron la autonomía.