La galleguidad translúcida

Uxio Labarta
Uxío Labarta CODEX FLORIAE

OPINIÓN

19 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El Gobierno de España y el Partido Popular que lo sustenta desarrollan su argumentación política sobre dos estrategias principales, la marca España y la ley de transparencia.

Por lo que respecta a la marca España, la situación judicial del país con la corrupción político-empresarial del caso Gürtel y los papeles del señor Bárcenas que inciden en lo mismo, las secuelas del caso Nóos con implicados de la familia real, o los casos del expresidente balear Jaume Matas, más las apariciones catalanas de la familia Pujol o las sentencias marbellíes y los casos Campeón, Pokémon o Manga, entre tantos otros, poco más le dejan a la argumentación del Gobierno que reivindicar los triunfos de La Roja, la recuperación de Nadal o la épica motorizada italiana de Fernando Alonso para fortalecerla. Especialmente singular, y ustedes juzguen, ha sido el regalo del presidente Rajoy al papa Francisco.

Donde la cuestión se complica es en el tema de la llevada, traída y nunca conocida ley de la transparencia. Lo que no impide que Dolores de Cospedal acuda repetidamente a tal adjetivación -transparente- para calificar a su partido, al Gobierno y a ella misma. Por más que el silencio o no respuesta que practican sea opaco. Si bien entre un extremo y otro -opaco y transparente- puedan tener los cuerpos otra propiedad óptica: translúcidos. Ahí es donde se encuentran: información, política, partido y regulación pública tienden a ser, si no opacos, translúcidos. Cuerpos a través de los cuales pasa luz, que tan solo dejan ver de forma confusa o irreconocible lo que hay detrás de él. Lejos, muy lejos, de transparente.

Entre la opacidad y la transparencia se mueve difusa la galleguidad. Esa que, agotada la realidad y la verdad de cuanto sucede en Galicia, acude en ayuda de las argumentaciones de políticos, patronal y analistas del país para quedar bien sin mirar con quién. Galleguidad, es un decir, que nos podría llevar a posicionarnos a favor de nuestro malhumorado Rouco Varela cuando riñe al Gobierno, o acudir a la recomendación de un gallego, con presencia en la curia vaticana, para que nos visite el papa Francisco.

Por más que ahora la galleguidad haya quedado muy perjudicada luego del proceloso proceso de la desaparición de las cajas de ahorros. Algunas argumentaciones más surgidas en torno al destrozo empresarial de Pescanova habrían dejado la galleguidad en ridículo, si la realidad rampante no hubiera aflorado tan abruptamente y hubiera abortado tan superficiales argumentos, distantes de aquilatados análisis y posibles soluciones.

Mientras en el Parlamento se discute acaloradamente una nueva Ley de la Galleguidad, o eso dicen los periódicos, los problemas y soluciones de Galicia y los gallegos, si tal hubiera, permanecen velados por la galleguidad translúcida.