E xpectación derivada de la inquietud en la espera. Pasa una hora, desde la ansiada fumata blanca, hasta conocer la identidad del sucesor de Pedro. El retraso obedece a que se detiene en la capilla Paolina y se presenta, en primer lugar, al Señor que lo eligió. Confortado y con paz, se asoma para saludar y bendecir urbi et orbi. La espera me recordó la alegría de la Navidad. Cuando de niño aguardaba la Nochebuena y el día de Reyes. Una espera gozosa en que algo sucedería y nos haría felices. No por casualidad, la fórmula que antecede al !Habemus papam! está tomada del Evangelio de Lucas, cuando refiere que el Ángel pregona a los pastores: ¡Os anuncio una gran alegría: Hoy os ha nacido un Salvador! Cada proclama de un sumo pontífice aúna la historia de la institución más antigua del mundo y la emoción de un nuevo renacer. Cada pontificado es irrepetible. Y este ha dado ya muestras de ello: la persona del elegido, ajeno a los pronósticos; el primer jesuita; el primer latinoamericano; el primer Francisco, para subrayar la pobreza evangélica; el primero que aparece solo con sotana blanca y mantiene su antigua cruz pectoral; el primero que, en ese momento, reza con todos esas tres oraciones sencillas, que cada niño, al empezar a hablar, aprende de sus padres; el primero que pide, inclinado ante el pueblo, que ruegue a Dios para que le bendiga; el primero que se despide con un paternal: «buenas noches, ¡que descanséis bien!»; el primero que, al día siguiente, abandona el Vaticano para rezar a la Virgen en Santa María la Mayor; el primero, en fin, que desvía la ruta y pasa por la residencia en que se alojó para pagar la factura. Es demasiado para tan poco tiempo. Y ante esto, ¿qué nos espera? Sin duda, un papa excepcional. El que necesita la evangelización del tercer milenio; el que precisa el mundo desesperado por la crisis, el que precisan los pobres, cada vez más pobres, por el capitalismo salvaje; el que urgen los cristianos para su deseable unidad; el que necesita el planeta para salvar la obra de la creación; el que queremos todos los que tenemos miedo ante tantas situaciones de angustia. Dice que lo han elegido del fin del mundo y añade firme: «Pero estoy aquí». En Roma. Y yo me siento esperanzado por un papa que así se comporta.