Si la corrupción fuese un problema aislado, como una espinilla en la espalda de Gisele Bündchen, sería maravilloso enfrentarse a ella al modo tradicional. Dejar madurar su cabecita blanca, reventarla y limpiarla después con una gotita de alcohol, y dejarla secar al sol en una cala del Mediterráneo. Pero la corrupción no es eso. Es una lepra purulenta y maloliente que se extiende por un cuerpo social envejecido y débil, que interesa sus partes más delicadas, y al que los cuidados tópicos y elegantes ya no le sirven de nada. Por eso nos equivocamos si pensamos que la batalla contra esta oleada de basura se va a resolver con un pulso entre jueces y políticos, al modo de un wéstern con buenos y malos. Porque el problema es social y general; porque la Justicia no es mejor, más eficiente o más ejemplar que la política; y porque las vías de escape y comprensión que operan desde la base toleran con la misma naturalidad las astracanadas de los casos Camps y Payerolls que los indecentes abortos judiciales del caso Naseiro o de Banca Catalana.
Tal como van las cosas, todo indica que el caso Gürtel -que ya arrastra consigo a Bárcenas- va a acabar en agua de borrajas. Con Garzón condenado, y con los precedentes de otras instrucciones impunemente fracasadas, nadie piensa ya que estos casos van a llegar íntegros al final. Por eso se supone que, si no son archivados directamente, por miedo al escándalo, acabarán en algo peor: un juicio a chivos expiatorios, todos ellos del tercer nivel, que tape para siempre las responsabilidades de las altas esferas. Y si tal cosa sucede, los casos Campeón, Pokémon y similares no serán más que amargas burlas -tantas veces repetidas en la historia judicial española- que solo sirven para limpiar -condenando a rateros- la negra impunidad de los grandes criminales.
Yo no soy un indignado, ni quiero cambiar el mundo. No pienso que los fracasados son mejores que los que triunfan, ni creo que la pobreza sea equivalente a la virtud. Creo firmemente en la política, y acepto el papel institucional de la Justicia y de la ley. Y estoy dispuesto a pagar la cuota que me toque -si algo me queda por pagar- en este sainete asqueroso que hemos montado con la lucha contra la corrupción. Pero no me chupo el dedo, y no espero milagros de una Justicia plagada de gatillazos -muchos de ellos intencionados- y que figura entre las más ineficientes y patosas de nuestro entorno. Por eso deseo que volvamos la mirada hacia una regeneración moral de la sociedad. Una nueva cultura, con nuevos referentes y nuevos ideales. Y una asunción general del problema que pesa hoy sobre políticos, jueces y ciudadanos en la misma proporción. Porque lo que ahora estamos haciendo es teatro. Y nadie nos garantiza que la obra no acabe con la boda del truhán y la chica. ¡Y nosotros aplaudiendo!