Italia tiene un porte elegante hasta en el mapa. Es una bota de mosquetero. Aunque se dobla por la rodilla. Es un país que en realidad son dos. O más. Poco tiene que ver el muslo con la punta. La Toscana con Calabria. En el norte, las naves industriales se cosen a las carreteras como polígonos estirados hasta el infinito. En el sur existen lugares en los que el hilo conductor es la ropa tendida y en los que el bullicio no proviene de la fábrica sino del patio interior. Pero el sur es el norte para los que se encuentran más hundidos. El cineasta Gianni Amelio rodó en los noventa la película Lamérica. Porque eso ha sido Italia para miles de albaneses. Un Dorado particular. Sin embargo, para ciudadanos de otras latitudes la patria de Garibaldi es una habitación con vistas, un bello paisaje al que asomarse de vez en cuando. Y, en los últimos años, también uno de los Estados que tenía que purgar sus pecados, al que llegaron a ponerle un tutor para que siguiera castigado mirando a la pared. Por su bien, para alejarlo de Berlusconi, esa especie de Calígula moderno. Pero la bota ha dado un puntapié a la hoja de ruta europea. Quizás, en su viaje hacia el abismo, prefiera elegir sus propios demonios, su forma de morir, su jaula de Grillos. Ese conglomerado que forman los mercados y ciertos miembros de la Unión Europea quieren imponerse, pero manteniendo la liturgia de la democracia. Entonces llegan los votos del hartazgo, de los que creen que es mejor su desgobierno que el Gobierno ajeno. A este paso, la UE tendrá que rebautizarse como Desunión Europea. No convence. Aunque les vendan La divina comedia, los italianos saben que dentro se cuece el infierno.