Los nuevos recortes no tardarán. Llegarán de la mano de un déficit público que ascenderá hasta el 10 % por el rescate a la banca que pagamos todos y de la inexorable subida de la deuda hacia el 100 % del PIB. Y también de la debilidad de una economía en recesión, lastrada por el hecho evidente de que una población que empobrece consume menos, y en la que las exportaciones -uno de los pocos indicadores que van bien- van a sufrir por la apreciación del euro que tanto gusta a Alemania.
Lo peor es que, según muchos de los que saben de esto, las medidas que llegarán se centrarán en exprimir un poco más a los de siempre: más recortes salariales, más impuestos y la temida sacudida a las pensiones, además de los peajes por la utilización de servicios básicos como la sanidad o la justicia.
Seguirá el paulatino empobrecimiento de las clases medias y se incrementará aun más la diferencia entre ricos y pobres, que no deja de crecer y que marca una de las características principales de esta crisis inacabable. Una crisis cuyos principales responsables no solo no se han ido, sino que en gran medida siguen estando entre los que imponen el camino a seguir.
Es lo que nos espera si siguen siendo los de ingresos salariales transparentes los que soporten casi toda la carga, mientras se bonifica a los más ricos y no se actúa con contundencia contra el fraude fiscal y la corrupción.
Y así vemos como aumentan las protestas en la calle y se consolidan nuevas estructuras para canalizar el sentir de unos ciudadanos que cada día se alejan más de unos partidos que no muestran interés en airear sus casas y limpiar la basura que acumulan bajo las alfombras.