En las palabras de ayer de Rajoy hay una autocomplacencia que casa mal con la realidad en la que viven los asalariados, los autónomos y la inmensa mayoría de las empresas del país. Porque lejos del optimismo del presidente, la situación de la economía y del empleo es dramática en su primer año de mandato. Desde que Rajoy asumió la presidencia aplicó un duro plan de ajuste y de recortes que inevitablemente ha agravado la recesión. Si en el 2011 el PIB creció un ligerísimo 0,4 %, en el 2012 hemos vuelto a caer el 1,4 %.
Y esta caída del PIB no es más que la expresión macroeconómica de la situación del conjunto de las empresas: caída de las ventas, reducción de la producción, pérdidas, disminución de las plantillas, problemas de liquidez y de financiación. Esta es la realidad agobiante que marca el día a día de la inmensa mayoría de las empresas españolas, en especial las pequeñas y medianas y los autónomos.
Y el empleo, todavía peor. La combinación de la caída del PIB y la reforma laboral que abarató y facilitó el despido ha provocado la destrucción de 850.000 empleos en el 2012, un proceso brutal de ajuste que aún no ha terminado.
Pero es que además en este año han seguido deteriorándose las condiciones de vida y de trabajo de la gente, que está sufriendo una fuerte regresión salarial, llevando la incertidumbre y el miedo al futuro al corazón de la inmensa mayoría de los ciudadanos, sean pensionistas, asalariados, desempleados o empresarios.
Contra esta cruda realidad chocan las buenas palabras de Rajoy. Y por eso argumenta sobre cosas ajenas a la experiencia de las personas: el déficit público y la balanza comercial. Para reducir el déficit el Gobierno nos ha sometido a un tratamiento de caballo con las consecuencias que vimos antes. La enorme y generalizada subida de impuestos y los recortes del gasto y de la inversión pública han servido para deprimir la economía pero no para llegar al objetivo del 6,3 % de déficit público.
El Gobierno, con la complicidad de la Unión Europea, se hace trampas al solitario al no incluir, por ejemplo, el 1 % de déficit como consecuencia de las ayudas a la banca, porque de hacerlo el déficit estaría claramente por encima del 8 %, un nivel similar al del 2011. La demostración de este fracaso es que la deuda pública creció el año pasado en 145.000 millones de euros, una cifra brutal que multiplica por dos la del 2011. Y algo similar ocurre con el comercio exterior, porque lo que explica la corrección del desequilibrio de la balanza de pagos es el hundimiento de las importaciones como consecuencia del desplome de la demanda interna.
Hace mal el presidente al decir cosas que la gente no ve; su obligación es decirnos la verdad, también sobre la economía y el empleo.