Lo más grave de todo esto


Lo más grave del escándalo de Ana Mato no es que llevara una vida de lujo bajo el generoso mecenazgo de su exmarido imputado y el resto de golfos de la Gürtel. Más grave que lo que ocurrió con Mato, Rajoy y el resto de la cúpula del PP a finales de la pasada década es lo que está ocurriendo estos días. Porque en España en ese período se cometieron muchos errores y muchos excesos. Y, sin que sirva de atenuante, se puede llegar a comprender que, en la situación económica que disfrutábamos, a un político de éxito le apeteciera celebrar en el jardín de su casa el cumpleaños de los hijos de Michael Jackson, sobre todo si le salía gratis.

Pero más grave que todo eso es que Rajoy y Mato parezcan no haberse enterado de lo que ha ocurrido en este país en los últimos cinco años. En ese período, Galicia ha perdido la primera constructora privada de España, la sexta y la novena cajas de ahorros, el séptimo banco, la tercera eléctrica, el sector naval más pujante... Cientos de miles de gallegos, millones de españoles han perdido su casa, su trabajo, su ilusión por vivir. Y los que de momento han tenido la suerte de evitarlo saben que viven en un mundo menos seguro, en el que algunas conquistas sociales se están yendo para no volver.

Cinco años después de la caída de Lehman Brothers, la piel de los ciudadanos es cada vez menos gruesa, y lo último que esperan es que los traten por tontos.

Y eso es lo que parecen estar haciendo Mato, Rajoy, De Cospedal y compañía. Cuando nos intentan convencer de que alguien puede tener un Jaguar en el garaje de su casa y no saber quién lo pagó. O cuando nos explican que el mismo partido que aprobó la reforma laboral de los 20 días es incapaz de deshacerse de un empleado imputado en un gravísimo caso de corrupción porque tiene un contrato laboral en vigor que no hay manera de finiquitar.

Semejante aislamiento social pone de manifiesto la existencia de una casta política, transversal a los cuatro grandes partidos que han gobernado desde la llegada de la democracia (PP, PSOE, CiU y PNV) y que, en connivencia con los señores del ladrillo, es la causante de la burbuja inmobiliaria y el colapso del sistema financiero. O sea, de casi todo lo que nos pasa.

Miramos con envidia a los países en los que un ministro dimite porque le han pillado copiando la tesis doctoral de Google o volando a Mallorca con los puntos de la Iberia Plus. Tenemos que perseverar en esa mirada. Igual que Portugal importa médicos y Alemania ingenieros, España necesita importar políticos.

En Londres, Bruselas, Berlín, hay centenares de cargos oficiales, altos funcionarios y directivos con talento español e integridad sueca. Y la mayoría tienen un denominador común: hincaban los codos en la biblioteca mientras algunos compañeros de facultad se convertían en políticos profesionales. Se han fajado en la vida real, conocen el mundo laboral fuera de la política y saben lo que cuesta comprar un coche y organizar un cumpleaños.

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