Hay que parar la Europa de los tahúres

OPINIÓN

La historia, pródiga en lecciones y advertencias, hizo coincidir en un mismo día el debate sobre la soberanía del pueblo catalán y su derecho a decidir con el anuncio explicitado por Cameron de que los conservadores, si ganan las elecciones del 2015, harán un referendo para salir de la UE o para quedarse en ella a su modo y circulando por la izquierda.

Cuando uno ahonda en ambos procesos, en busca de las razones y pensamientos que inspiran tales despropósitos, no tiene más remedio que concluir que, mientras los catalanes hablan de un derecho a decidir cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier manera y con cualquier finalidad y consecuencia, los ingleses buscan chantajear a la UE para seguir manteniendo situaciones de privilegio dentro de la Unión, y para poder jugar, siempre que les convenga, a dos barajas, dos alianzas internacionales, dos niveles de integración financiera, dos concepciones de la ciudadanía y dos varas de medirlo todo.

La tradición española y europea, y lo que se suele aconsejar desde la perspectiva de la ciencia política y de las relaciones internacionales, es que a todo esto hay que quitarle hierro y redondearle las aristas, que hay que adoptar posturas de diálogo, y que, si hay que ceder para que se mantenga la «unidad de destino en lo universal», como decía Franco, se cede. Pero la experiencia y las intuiciones de fondo, sin cuyo concurso no es posible hacer política, empiezan a decir que hay que aceptar los órdagos y apagar los faroles cuanto antes. Porque si Europa sigue siendo el mejor proyecto político y económico del mundo, como yo creo, y compromete con su éxito la apertura hacia nuevas formas políticas e institucionales que son esenciales para salir de esta, no podemos cometer la irresponsabilidad de diseñar el juego a la medida de los que se están evidenciando como más retrógrados y egoístas, y de los que, en términos de discurso, dan la sensación de que o no han entendido nada, o han decidido sacar ventajas del río que ellos mismos están revolviendo.

El proyecto europeo, por ser grandioso, es también de suma complejidad. Y por eso solo es posible si se entiende la trascendencia del momento, si hay voluntad para seguir adelante y si hay dirección firme y clarividente para mantener el convoy sobre las vías. Y eso hoy, a pesar de los defectos que algunos le atribuyen, viene del centro, o de aquella Mitteleuropa que encarnaba para los galleguistas las virtudes de la comunidad política. Desde esa voluntad y con ese liderazgo hay que volver a las utopías -muchas de ellas gozosa realidad- del Tratado de Roma. Y para eso hay que empezar a desenmascarar a los que siguen yendo a lo suyo, remarcando con firmeza los trazos del proyecto y apagándole los faroles a los tahúres envalentonados con el desorden y la crisis. Por el bien de todos.