U na nueva evaluación de las competencias de los alumnos de 9 años (4.º de primaria), en lectura, Matemáticas y Ciencias, vuelve a poner de relieve el retraso de nuestro país, en el marco de la UE y OCDE. Aún es más preocupante que casi una quinta parte de los alumnos no muestren interés en clase, o que los niños con mayor desmotivación obtengan peores resultados en la prueba de lectura.
A esta situación pretende ponerle remedio la actual reforma educativa, potenciando las materias instrumentales, entre otras medidas. Pero solo con cambios legislativos va a resultar muy difícil luchar contra una obstinada realidad social. Cada vez es mayor el alejamiento entre la escuela y la vida.
Para el alumno, aprender a expresarse con corrección o a comprender bien lo que lee solo tiene sentido en el aula. Estas técnicas instrumentales básicas quedan olvidadas en la calle o en casa, donde para navegar por Internet o utilizar el correo electrónico, el SMS o el whatsapp, no son necesarias. Al contrario, en estos contextos los códigos del lenguaje son diferentes y, en general, negativos para la formación que exige el contexto académico. Por otra parte, la falta de interés del alumno para el estudio contrasta con su atracción por las nuevas tecnologías, pero no como un medio para aprender, sino como un fin en sí mismas. Es más motivador el ratón que el bolígrafo; la pantalla que el libro; la observación pasiva, que la memorización. Todo lo que tenga que ver con el trabajo intelectual se hace a la fuerza. El placer no está en la lectura, sino en el manejo de las máquinas.
Si a ello sumamos la excesiva permisividad de los padres y su dejación de responsabilidad a la hora de educar, nos encontramos con un terreno muy poco abonado para el esfuerzo y el estudio. No se controla el tiempo de los hijos delante de un ordenador, pues se piensa, en muchos casos, que está bien aprovechado para su formación. Tampoco se hace con la televisión, que es el auténtico maleducador actual.
La consecuencia es que las grandes virtudes de las TIC, fuera del aula, no son aprovechadas para potenciar la labor escolar y el alumno acaba fracasando al ascender en el sistema educativo. No domina las técnicas y los aprendizajes que exige este, sino otros; por ello, pierde el interés, contribuyendo al otro indicador pésimo de nuestro país: el abandono escolar temprano.
Y lo peor es que el mercado laboral exige también el dominio de esas materias instrumentales. Para un examen, una oposición, un informe o un trabajo escrito, sigue demandándose, además de conocimientos, capacidad de razonamiento, buena expresión, ortografía u orden, por ejemplo.