El año que viene

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

No sé si fue Pla, Cunqueiro o Camba quien dejó escrito los miles de deseos que caben en la formulación ritual al acabar el año. El autor de Mondoñedo describió magistralmente el tránsito de un año para otro. Un rosario de melancolía con los cuatro misterios repasaba cuenta a cuenta sucesos y maravillas, muertes y gozos, placeres y dolores, luces y sombras que completaron los días del año que se iba. La iconografía popular representaba en tarjetas de felicitación y en almanaques al año viejo como un barbado anciano encorvado apoyado en un tosco cayado, mientras un bebé regordete con rizado cabello era la imagen del nuevo año. Invariablemente, a sus pies el cuerno de la abundancia presagiaba doce meses de prosperidad y ventura.

La tipografía auguraba un año nuevo tan venturoso como feliz. No es el caso para el año trece del siglo XXI, porque todo anuncia que continuará de enero a diciembre el descalabro que se inició cuatro o cinco años atrás, cuando fuimos ricos y España reventaba por todas las costuras. Cuando vivíamos al este del edén e ignorábamos el este del desdén, el lado oscuro, el reverso de la tarjeta postal donde intuíamos que el bebé que abría la imagen del año nuevo estaba brutalmente enflaquecido. Será un año que habrá por fuerza que hacer de tripas corazón, cuatro trimestres cuesta arriba, con la demanda esclerotizada, el desempleo rampante, el consumo más átono si cabe, y la desesperanza como noticia permanente de primera página.

Termino el año donde suelo empezarlo. Junto a la mar de mi amado pueblo, en Viveiro, donde esto escribo. Solo la luz tenue y amable de los inviernos, y una brisa un si es no bíblica, nos recuerda que es Navidad. La alegría bullanguera de otros Nadales se mudó en una suerte de tristeza soterrada, y hasta los abetos con guirnaldas parecen asustarse de los tiempos en que les ha tocado ilustrar estas fechas. Solo nosotros, las personas, los destinatarios del viejo lema que proclama la gloria a Dios en las alturas y la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, somos capaces de cambiar el rumbo de la historia, de derrotar a los mercados, de modificar el destino, darle la vuelta a la tortilla, de poner esperanza donde solo hay desánimo.

Nosotros, los ciudadanos somos las víctimas, los protagonistas de un papel que no hemos elegido, actuamos de coro en la tragedia, de extras en esta película mientras nos acusan sin razón de vivir, ¿quiénes?, por encima de nuestras posibilidades.

No citaré la palabra paro, ni desahucio, ni hipoteca, estrofas, versos sueltos de un villancico terrible. Concluiré esta retahíla buscando, para el año que viene, para el año que de inmediato debuta, deseos posibles para convertirlos en probables, deseos que se materialicen en positivo a lo largo de las cincuenta y dos semanas venideras, deseos que quiero rubricar con un abrazo que comparto con todos ustedes, subrayando como Pla, Cunqueiro o Camba la ventura que todos nos merecemos. Por si acaso, feliz año.