Los daños que evitó la ministra de Fomento

OPINIÓN

Si Ana Pastor no se hubiese interpuesto entre los sindicatos y el pueblo, España estaría sumida en el caos este fin de semana y el que viene. La causa de tanta desventura eran las huelgas casi simultáneas de Iberia y Renfe, que, convocadas con la lógica de la máxima presión estratégica, dejarían tirados en aeropuertos y estaciones a millones de viajeros que estos días de Navidad y de invierno se desplazan a las fiestas familiares o para hacer turismo.

No cabe negar que los trabajadores de estas empresas tengan serias razones para la protesta contra quienes han llevado la compañía aérea al borde del colapso o puesto las explotaciones ferroviarias al límite de sus posibilidades. Y tampoco debemos considerar ilógico que, tratando de generar la máxima presión, las dos grandes patas del transporte peninsular hayan elegido las fechas en las que su reivindicación se haría más visible. Pero es muy extraño, en cambio, que nadie eche cuentas sobre la grave insolidaridad que pueden generar estas masas de trabajadores que, fuertemente organizados y dueños de un resorte social tan potente, meten a España y a sus diversos sectores económicos en una senda que en estos momentos no nos podemos permitir.

La desactivación de las huelgas es muy importante para la imagen de España y para sectores tan potentes como el turismo, que, con una aportación del 11 % de PIB, sigue funcionando como un impulsor de empleo y dispone de una preciosa oportunidad para consolidar los flujos de viajeros ganados con la desestabilización del Mediterráneo. Pero aún ha de considerarse más significativo que el Ministerio de Fomento haya sabido contextualizar las negociaciones en un ambiente de crisis que exige proporcionalidad y renuncias solidarias a todos los sectores laborales, y muy especialmente a aquellos que, instalados en las más grandes y estables reservas de empleo, pueden caer en la tentación de generar demandas salariales o laborales absolutamente descontextualizadas.

Aunque la información no fue muy prolija, quiero entender que el camino seguido por Fomento para desactivar ambos conflictos no fue el de una cesión temeraria que pueda cuestionar las políticas del Gobierno, sino el de una llamada a la reflexión realista sobre las circunstancias en las que operan estas empresas de naturaleza sistémica para la economía española. Y si eso fue así -aunque persista la duda de posibles rebrotes-, parece justo reconocer el éxito a quien supo introducir la perspectiva global en dos huelgas que -recuerden el episodio de los controladores- tenían muchas posibilidades de extender sus perniciosos efectos a todos los sectores económicos y sociales. Y también podríamos convertir la habilidad de Ana Pastor en un paradigma de cómo se puede tratar a los que, en medio de esta galerna, aún quieren salvarse solos.