Sí, yo también soy catalán

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

25 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Quizá las elecciones que se celebran hoy en Cataluña hubieran sido muy distintas si desde el momento en que Artur Mas empezó a hablar de derecho a la autodeterminación hubiéramos tenido el sentido común y el coraje de, negando la mayor, impugnar lo que ahora parece ya darse por supuesto: que solo los catalanes deben decidir, llegado el caso, sobre la eventual secesión de su región.

Pues una cosa es reconocer ese derecho a un territorio colonial -realidad frente a la que se asentó en su día el principio de autodeterminación de muchos territorios en África y en Asia- y otra muy distinta aplicarlo al que forma parte de una unidad territorial (monarquía primero, luego Estado y nación a partir de los albores del siglo XIX) desde tiempo inmemorial. Cataluña -resulta innecesario subrayarlo-, ni es Escocia, ni Quebec, ni ninguna de las dos comunidades que en Bélgica (un país que existe desde 1830) malviven juntas sin apenas elementos en común.

Ni por historia, ni por tradición cultural, ni por ninguna de la razones que permiten explicar que en Quebec se hayan realizado ya dos referendos de autodeterminación, que vaya a celebrarse uno en Escocia el año próximo o que pueden acabar teniendo lugar en el futuro en los dos territorios de los belgas, cabe justificar, así sin más, y de buenas a primeras, que los catalanes, y solo los catalanes, tengan derecho a decidir sobre el futuro de una parte de España que lo es no solo en los mapas, en los libros de historia, o en lo textos jurídicos, sino también, y sobre todo, en el corazón de millones de españoles, que de la misma forma que no pueden entender a Cataluña sin España tampoco llegan a comprender a esta sin uno de los territorios que ha conformado, como los restantes, la cultura y la historia común que todos compartimos.

De hecho, la desproporción entre los simples intereses electorales de un partido (CiU) que echa a rodar el desafío de la independencia para tratar de ganar unas elecciones, de otro (ERC) que ve en ello la ocasión para tratar de convertir en mayoritario lo que solo exigía hace meses una exigua minoría y otro en fin (el PSC) dominado por un oportunismo que solo es superado por su inmensa cobardía, y los sentimientos de millones de españoles, que consideran a Cataluña tan tierra suya como su región o su país, es verdaderamente sideral.

Tanto que es difícil encontrar un argumento racional (no digo una consigna o un delirio) para justificar que sobre el futuro de Cataluña deban votar solo los catalanes y no todos los españoles que nos sentimos por ese futuro política y sentimentalmente concernidos. De haberlo planteado así con toda claridad en su momento quizá no estaríamos hoy pendientes de un resultado electoral que, en el mejor de los casos, será sencillamente desastroso.