Casi nos habíamos olvidado de Iñaki Urdangarin y sus andanzas. Ahora ha vuelto a la actualidad y quiso el destino que la noticia de la abultada fianza que le pide el fiscal coincida con la nueva operación de cadera a que se tiene que someter su suegro el rey. Cuando vienen las malas rachas, no se libran ni las familias más nobles. Con ello, su majestad tiene que sufrir una doble dolencia: la física y la anímica de ver al marido de su hija en la crónica judicial, abochornado por la relación de sus delitos, todavía presuntos, pero ya juzgados por el nada indulgente tribunal de la opinión pública.
La lectura del escrito del fiscal de Baleares recrea el tinglado que Urdangarin y su socio habían montado: una auténtica industria de extracción de dinero público que se aprovechaba del rango del procesado y de la debilidad de los cargos públicos en su ansia de complacer a esa persona, quizá en espera de notoria compensación. Que en solo tres años ambos personajes hayan extraído de los Gobiernos valenciano y balear nada menos que seis millones de euros (mil millones de pesetas) indica la eficacia de su montaje. Y denuncia también cómo se pueden amañar tratos de privilegio burlando normas, sin convocatoria de concursos y con prodigalidad económica.
Ahora se da un paso más para hacer justicia. Se cumple lo que dijo el rey en su último mensaje de Navidad: que las leyes son iguales para todos. Ignoro cuál será la decisión final del juez, pero todo apunta a que en este escándalo se quiere actuar con voluntad de ejemplaridad. De momento, se pide una fianza civil poco frecuente: todo el importe de lo cobrado, más el tercio legalmente previsto, que eleva la cantidad a 4,1 millones de euros por cabeza. Que lo puedan pagar o avalar es otra historia. Pero permítanme celebrar que por una vez veamos que se abre la vía para depositar en un juzgado la cantidad extraída. Sin ánimo de ser cruel con los señores Urdangarin y Torres, si así se hiciera siempre con los latrocinios de fondos públicos, si siempre hubiera que devolver el dinero, a lo mejor había menos ladrones y aprovechados.
Y queda otra parte por comentar: la responsabilidad de quienes abrieron las arcas de sus Gobiernos. Podrán alegar que fueron engañados. Podrán defenderse con cientos de triquiñuelas. Pero es evidente que no solo han sido colaboradores necesarios. Han sido auténticos cómplices. No dieron esas cantidades de dinero con transparencia. Buscaron los recovecos para burlar a los interventores y pasarse los trámites legales por el arco de triunfo. Quizá no se enriquecieron, pero buscaban otro tipo de favores. Castigar esos comportamientos es otra forma de ejemplaridad. Tan corrupto es el dante como el tomante.