Acude a la oficina de empleo para agarrarse al penúltimo cabo de salvación. Allí, donde se escenifica el paro, el tiempo parece espesarse. Un trámite llama a otro. Y el desempleado de turno intenta pedir cita para superar el siguiente obstáculo. Pero resulta que ya no se puede hacer en persona. Se ha automatizado. Y, en aras de la eficiencia, invitan al ciudadano a realizar la gestión vía telefónica o por Internet. Se entiende que, al estar parado, el tiempo del solicitante vale poco o, más bien, nada. El señor, ya en su casa, intenta fijar fecha desde el ordenador. Pero solo se le ofrece un día y una hora únicos, sin alternativas. Entonces, recurre al comodín de la llamada. Al otro lado de la línea una máquina pide datos. Y cuando los tiene, escupe una fecha y una hora. La suerte está echada. No hay vuelta atrás. Ni posibilidad de elegir ni de anular. Eso tan sofisticado es una rutina para los avezados internautas que reservan su asiento en las sala de cine, los que seleccionan el día y la franja horaria de la entrega de la compra on-line del súper o los que llaman para pedir hora en una peluquería. Es para los consumidores. Pero los parados entran en otra cadena de montaje muy diferente. Son como piezas desechables que algunos incluso intentan elevar a la categoría de parásitos sin importar los años que hayan cotizado en su vida laboral. Y el parado, con una cita que no quiere, piensa que mejor hubiera sido acogerse a una prejubilación del caso de los ERE de Andalucía o haber rezado a la Virgen del Rosario, como proponía Fátima Báñez. Porque se ve protagonista del Vuelva usted mañana de Larra. Pero sospecha que el episodio nacional ha sido reescrito por Kafka.