Señora: este texto no pretende ser pieza del antiguo género epistolar, pues no aguarda respuesta alguna. Da únicamente cuenta y razón de un tiempo y de una tierra donde es agosto y en el ultimo Finisterre del norte, al final de un camino que han ido indicando las estrellas, habitan tribus bárbaras de la estirpe de los gallegos que conmemoran cada año que por estos pagos veranea el verano.
Desde siempre, respetada señora, celebramos reuniones singulares que antaño denominábamos romerías. Nos juntamos y fraternalmente, nosotros y otras tribus foráneas, bailamos y holgamos, bebemos y comemos con el pretexto feriado de santos patronos o de vírgenes protectoras que en torno al 15 de agosto nos protegen y bendicen.
En Galicia desde el Carmen a mediados de julio hasta que agosto concluye, se establece una fiesta permanente, estallan cohetes que anuncian los días grandes, y no hay aldea, pueblo o ciudad que no tenga su verbena como si toda la comunidad fuera una oktoberfest bávara interminable. Casos hubo en este quinto año de crisis, que pequeñas parroquias de no más de cien vecinos hicieron ambiciosas colectas para contratar orquestas populares que rivalizan sus músicas y que entre ambas cobran mas de 18.000 euros, como para que nos auxilie el BEC...
Este mes, señora, nos sube la autoestima a los gallegos y hasta usted aprobaría la sesión de fuegos artificiales y acuáticos con la que en las fiestas de mi pueblo, de Viveiro en la costa cantábrica del norte, incendiamos la noche de san Roque, viejo patrón que vigila nuestro corazón urbano desde su ermita en lo alto de una suave montaña.
En el fondo, podría interpretar el derroche de luz como metáfora del euro, moneda que usted tan bien tutela con la vieja máxima política de la cal y la arena. Los españoles y, concretamente, los gallegos nos desperezamos, sacudimos el tedio del invierno infinito con este ocio sin parangón que resulta difícil de explicar a alguien como usted vigilante, luz y guía de una Europa que es el edificio común en donde quiero vivir.
Somos, Frau Merkel, un país de gente abnegada y trabajadora, respetuosa y sorprendida, que no nos permitimos más alegrías que las debidas y que mantenemos vigente la tesis de que «un día é un día, e un euro gastouse», como dicen en una lengua periférica que también es la mía.
Le ruego que interprete de manera textual y amable esta postal de verano. No admite segundas lecturas y es escasamente polisémica aunque del todo veraz. No profundizo en otros aspectos festivos, y además soy consciente del inevitable final del verano que ni siquiera con su ayuda inestimable podemos perpetuar. El otoño, distinguida señora Merkel, comienza a ser una certidumbre que yo deseo no trascienda al mero aspecto climático. Pero eso es de otro artículo.
Quedo a su entera disposición