Ayer fue un día normal. La prima de riesgo llegó a superar los quinientos puntos, el Gobierno le dijo a los afectados por las preferentes que no podrán recuperar todo su dinero, el precio del combustible alcanzó máximos históricos y la clase política, con un par, montó un nuevo chiringuito.
Galicia ya cuenta con su primera área metropolitana, un organismo a medio camino entre los concellos que no somos capaces de fusionar y las diputaciones que teníamos que eliminar. En época de recortes y a punto de caramelo para el rescate financiero del país, cuando ya no queda dinero ni para sufragar la dignidad de los personas sin trabajo, nos permitimos el lujo de crear un ente que no tiene definidas ni sus competencias ni su financiación. Por no tener, el Área Metropolitana de Vigo que se constituyó ayer no tiene ni gobierno por falta de consenso político.
La incapacidad de los grandes partidos para ponerse de acuerdo en los temas capitales del país se traslada, a pequeña escala y prácticamente a diario, a un número importante de comunidades autónomas y a miles de ciudades y pueblos de España. El de ayer es un buen ejemplo de ese patético mimetismo en el comportamiento de los elegidos en las urnas. No queda nada del espíritu de la transición. Tiene guasa que fuese el alcalde de Salvaterra el encargado de dirigir la sesión constituyente del chiringuito. Arturo Grandal gobierna su municipio ininterrumpidamente desde 1979 y lo ha hecho presentándose, de forma sucesiva y sin necesidad de dar mítines, por las siglas de UCD, PSOE y PP.
Ayer fue un día normal porque todo se ha vuelto normal.