Evitar un agosto de zozobra

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias VALOR Y PRECIO

OPINIÓN

01 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Los dos años anteriores, el mes de agosto tuvo poco de la relajación y acumulación de fuerzas ante la llegada de nuevos problemas en el otoño, que solían caracterizar a ese mes en el pasado. En el 2011, sobre todo, el histerismo de los mercados financieros alcanzó cotas casi desconocidas, y algunos Gobiernos, como el español, se vieron obligados a introducir medidas absolutamente extraordinarias con el fin de serenarlos; recuérdese que fue por entonces cuando se decidió reformar la Constitución por la vía de urgencia, para introducir en ella la llamada -que es mucho llamar- regla de oro del presupuesto.

Y es que, cuando los mercados experimentan profundas anomalías, una situación como la propia del mes de agosto constituye un verdadero peligro. La razón es que la estrechez del mercado -es decir, el escaso volumen de negocio que se registra en ellos- posibilita que los especuladores se puedan poner las botas con operaciones de escasa entidad cuantitativa, pero con gran potencial desestabilizador. El miedo a que todo eso volviera a ocurrir explica, en una parte al menos, el mayor activismo que recientemente han mostrado los responsables europeos -sobre todo, el BCE- a favor de una cierta estabilización de la periferia de la eurozona.

La urgencia de ese viraje era mayor debido a que este año el pronóstico era particularmente sombrío, toda vez que las perturbaciones, multiplicadas en su intensidad, se anticiparon a los inicios del verano, debido a los problemas asociados al rescate bancario español. Los mensajes de inhibición emitidos desde Fráncfort y Bruselas han alimentado el potencial destructor de la tormenta especulativa contra la deuda española e italiana, provocando la aparición, por primera vez, de un escenario creíble de colapso para todo el proyecto del euro. La reacción de Mario Draghi, con todas sus contradicciones, puede estar cambiando la percepción de lo que los dirigentes europeos están dispuestos a hacer a favor de la continuidad de su proceso de integración económica: en ese sentido, podemos estar asistiendo a una de esas medidas salvadoras al borde del abismo de las que venimos hablando -acaso de un modo algo voluntarista- algunos comentaristas.

Ese tipo de actuación, más basado en sugerencias y anuncios que en decisiones efectivas con manejo de una abundante chequera, vale solo para el corto plazo, y debe permitir que agosto sea un mes más tranquilo de lo que hace poco se temía. Luego vendrá el duro otoño, y para afrontar sus complicaciones hará falta mucho más que eso: un cambio más decidido a favor del crecimiento, en la línea de lo propuesto por Hollande y Monti, y un gran pacto para mudar de verdad la gobernanza europea. Pero, de momento, ha quedado demostrado que hay al menos un organismo, el BCE, que con solo mover un dedo es capaz de poner coto a los efectos desastrosos que pueden causar la especulación, el pánico y el efecto de manada. No es poca cosa.