La historia de nuestra autonomía puede dividirse en tres etapas. La primera, 1979-1989, es de ilusión y compromiso, aunque también polémica y confusa. La segunda, 1990-2008, está dominada por la opulencia y la demagogia. Y la tercera, que nació con esperanza en el 2009, está marcada por una crisis que se va transformando en miseria política y humana, o en pesimismo y desorientación general.
Galicia inició su andadura democrática sin fuerzas autonomistas, sin clase política y sin pueblo. Los partidos de derecha (AP) no eran autonomistas; el centro (UCD) estaba supeditado a la estrategia de transición; los nacionalistas de centro (PG y CG) eran una ensoñación poética llena de utópicos y utilitaristas; la izquierda estatal (PSOE y PCE) eran jacobinos; y la izquierda nacionalista (la UPG y sus evoluciones) entró en el proceso con diez años de retraso. Al carecer de partidos adecuados, la autonomía se configuró como la obra personal de algunos políticos que, asentados en diversas formaciones, fueron supliendo la quiebra estructural que padecíamos, hasta alcanzar los acuerdos básicos necesarios. Pero después, cuando trataron de reformar la estructura de partidos, fracasaron abiertamente. Pueblo -un electorado consciente de su oportunidad- tampoco existía. Porque éramos un pueblo disperso, diezmado por la emigración, pegado al clientelismo, políticamente incrédulo y desconfiado, e incapaz de entender los mensajes que volaban a más de dos metros del suelo.
La etapa de la opulencia -que coincidió con los fondos europeos y las burbujas inmobiliaria y financiera- fue la edad de oro de la obra absurda y arroutada, de las duplicidades, de la desestructuración del país y de todo lo que suena a nuevos ricos, carentes de proyecto y de un sentido moral de la vida pública (esta última frase la he meditado especialmente). Por eso fue una época de adhesiones masivas a la que no le queda ningún defensor. Y una etapa de glorias y abundancias que ahora se caen a pedazos.
La tercera etapa es la crisis, en la que ya no queda más objetivo que sobrevivir a base de quemar -como los hermanos Marx- el tren de la autonomía. Recortes a boleo, reducción del Parlamento, olvido de las reformas estatutarias, discurso acomplejado, reacciones patrioteras al estilo «gran caja», y una Xunta trampolín para huir hacia Madrid. También es la época en la que, en busca del corto plazo, se rompe el nacionalismo (que hoy desfila por Santiago en tres Santas Compañas), y en la que el sistema mediático empieza a dar síntomas de falso racionalismo antiautonomista.
Porque la Galicia que soñamos yace sepultada entre la opulencia y la miseria. Y porque no hay nadie capaz de echarse la autonomía a las espaldas y liderar la remontada. Por eso es el Día da Patria Galega más triste de la historia. Y también el más incierto.