El fútbol no se detiene. El placebo del balón tuvo esta semana a dos países y a gran parte de un continente pendientes de un partido. Se disputó la vuelta para conquistar la Champions de América: la Copa Libertadores. Jugaban dos grandes: el Boca argentino y el Corinthians brasileño. Boca quería su séptima copa para igualar al Independiente argentino en títulos. En Buenos Aires el partido quedó empate a uno, en tablas, por un gol hacia el final para Corinthians de Romarinho, el hijo de Romario. En São Paulo la tensión fue tremenda. 40.000 espectadores apretando a Riquelme y los suyos. El Corinthians era el único grande de Brasil sin la copa. Apeó a dos de ellos en el camino, al Vasco de Gama y al Santos de Neymar, anterior campeón, en semifinales. Es el segundo club con más hinchada en el país y el segundo también que permitió jugar a los negros. El de la camiseta que lucieron Sócrates o Rivelino. Parecía que esta vez sí. Y sucedió. Dos goles de Emerson sentenciaron. El primero con pase de tacón de Danilo y el segundo escapándose como una flecha. Hubo fuegos artificiales. Ahora, en Japón, les esperará el Chelsea. Edgar Morin escribió: «El fútbol es una poesía colectiva».