Egipto, en busca de presidente


T ras más de un año desde que la manifestación pacífica en la plaza de la Libertad de El Cairo logró lo que semanas antes habría parecido imposible -la dimisión del dictador Mubarak y la caída de la oligarquía que había gobernado y saqueado el país-, la ralentización del tan ansiado proceso democrático ha hecho perder confianza en un cambio real. Las recurrentes protestas de los ciudadanos exigiendo agilidad en las reformas al Gobierno militar de transición solo han logrado pequeñas victorias mientras se siguen violando derechos y libertades. En las elecciones, la mayoría del 47 % obtenida por el Partido de la Libertad y la Justicia, dependiente de los Hermanos Musulmanes, y el 24 % obtenido por los salafistas no presagian una liberación ideológica del país. El triunfo islamista se explica por la larga trayectoria de una organización fundada por Hassan al Bana en 1928 y su influencia sobre gran parte del sustrato poblacional más pobre y necesitado, y la bisoñez y descoordinación de las otras tendencias políticas, no porque en realidad la sociedad sea mayoritariamente islamista. Con las elecciones a la presidencia a las puertas, el rechazo de Sulimán, exjefe de la policía secreta de Mubarak, por no obtener un apoyo suficiente; de Jairat al Shater, de los Hermanos Musulmanes, por antecedentes penales, y el salafista Hazem abu Ismail, por tener su madre nacionalidad norteamericana, dan esperanzas de que otros candidatos tengan más opciones. Los egipcios se han dado cuenta de que lo difícil no fue echar a Mubarak sino sobrevivir a su legado y reconstruir el país sin caer en una guerra civil.

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