Comparativamente, Galicia no sale mal parada en los presupuestos de la austeridad extrema. Al menos no es de las comunidades que sufren más los recortes. Incluso crece la inversión, gracias a los compromisos de Fomento para continuar con las obras del AVE, una infraestructura que estará completa, con mucha suerte, casi treinta años después de su llegada a Andalucía. Y esa demora es solo un ejemplo de la deuda del Estado con Galicia, que se coloca ahora en el segundo puesto de inversión per cápita.
Pero si esa apuesta ?que habrá que cotejar, como siempre, en los informes de ejecución? sirve para tratar de corregir los desequilibrios territoriales, no avanza sin embargo en la compensación de los desajustes internos de Galicia. Son muchas las necesidades y pocos, muy pocos, los recursos, pero Rajoy se comprometió a que los recortes no afectarían a las economías que no resisten ni un pequeño remiendo. Se refería, claro, a las familias, pero se entiende que la máxima servirá también para los territorios.
El área noreste de la comunidad, el triángulo noroeste formado por las comarcas de Eume, Ferrolterra y Ortegal, queda, otra vez, con buenos propósitos y escasos números. Ni el pilar tradicional de la economía de la zona ?el moribundo sector naval? consigue el oxígeno que precisa con urgencia, ni la palanca que podría impulsar el despegue ?el tren al puerto exterior? percibe los fondos suficientes que permitirían fijar una fecha razonable de entrada en servicio. Por no estar, casi ni está en el eje atlántico de la alta velocidad. Parece que para algunos esta esquina hace tiempo que se la tragó el océano.