En África la piel se pega a los huesos, pero la realidad alimenta la leyenda con la generosidad del que ceba al goloso. No es necesario pecar de exceso de imaginación para fabular sobre la sabana y sus habitantes. La sabana es una página que ni siquiera está en blanco y el horizonte es una invitación a otras miradas. A menudo los africanos ven en su paisaje, en sus plantas y en sus animales un reflejo de sí mismos. Como las figuras deformadas de los espejos de los parques de atracciones, que devuelven al que se contempla algo de mentira y algo de verdad. En África reinan los cinco grandes. Leones, leopardos, búfalos, rinocerontes y elefantes. Pero no se tiene en gran consideración a los ñus y a las hienas. Bromean sobre la memoria y el aspecto de los ñus, que buscan siempre los verdes pastos, que van allí donde los lleva la lluvia. En la tierra de los masái, cruzan el río Mara en avalancha y sirven de menú regularmente a los cocodrilos, sin fallar a su cita. Siguen adelante, en manada. Como si nada hubiera pasado. Cumplen su ciclo. Pura supervivencia del grupo. Mientras, las hienas, no más agraciadas, se ríen de forma perpetua y, como moscas gigantes, acechan los restos abandonados por otros carnívoros. Los ñus a veces parecen el Gobierno. Las hienas, la oposición. Mal del Ejecutivo, consuelo de sus rivales. Ya sea la reforma laboral, la corrupción o los incendios. Y el hábito, o en este caso la cartera ministerial, sí hace al monje. Habitualmente se ven a los Ejecutivos manteniendo la misma dirección, sin importar las bajas. Y los políticos del otro lado del río se recrean con los cadáveres. África. Siempre dando amargas lecciones.