Escribió hace unos días el biólogo Victoriano Urgorri que no es muy necesaria la inspección de los agentes comunitarios que deberían comprobar el estado de las rías gallegas. Basta con que arrimen la nariz para hacerse una idea de la calamitosa salud de unos espacios naturales únicos y generadores de una inmensa riqueza para el país. Por esa doble condición -valor ecológico y económico- se comprende todavía menos la irresponsabilidad con que en Galicia tratamos las rías.
Ahora parece que lo que nos preocupa es que Bruselas, más que los colores, nos pueda sacar los fondos que recibimos y que, en lugar de utilizarlos para retirar cloacas de las aguas interiores, los empleamos en pavimentar las riberas. Cada día que pasa aumenta de forma exponencial el envenenamiento. Se estima que solo la ría de Ferrol recibe a diario de los más de 150.000 vecinos que la rodean unos cien millones de litros de aguas residuales. No es extraño, pues, que el propio conselleiro de Medio Ambiente e Infraestruturas diga que el saneamiento de la ría ferrolana es la obra más urgente porque es la más degradada de Galicia.
Escucharle hablar de forma tan categórica debería traer alivio a los ciudadanos. Porque se supone que, ante tal diagnóstico, un político responsable no puede hacer otra cosa que actuar con urgencia. Pero quizás haya a quien le produzca cierta desazón, porque la ría de Ferrol podría ya estar saliendo de la uvi si se actuase con diligencia. Hay estación de bombeo, depuradora, emisario, pero las canalizaciones no sirven. La falta de coordinación mantiene hibernando una inversión multimillonaria. Y la ría, agonizando.