Fukushima, año uno


M añana hace un año de Fukushima. Casi veinte mil muertos, entre fallecidos (unos 17.000) y desaparecidos (en torno a 3.000). Los bosques siguen anegados de arena y mar. Y todo parece un polígono de escombros. Allí está el susto nuclear y la zona de exclusión, junto a lo que antes era uno de los lugares turísticos más populares del norte de Japón. El océano se convirtió en martillo. Y las cifras se multiplican y marean: en muchos puntos de la costa el mar llegó a trece metros de altura y en algunos subió hasta los treinta y cuarenta metros. Una locura. Son casi 350.000 los desplazados y el Estado estima en 17 billones de yenes (cerca de 160.000 millones de euros) el coste de los destrozos. La naturaleza no entiende de presupuestos. Nos pone siempre en nuestro sitio mortal. Pero hasta el maremoto palideció ante la irrupción de la catástrofe que provocó en el reactor de la central nuclear de Fukushima. Como los periodistas siempre volvemos por los aniversarios, como relojeros suizos, estos días hemos podido escuchar una y otra vez esta frase: «La radiactividad está en el aire». Fukushima, año uno, la pesadilla continúa, como una mala secuela.

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