Nada tiene y aún reparte


H ace cuarenta años, siendo adolescente, me impactó una canción de compromiso cristiano que decía: «Cuando el pobre nada tiene y aún reparte». Me asombraba la paradoja y me parecía más ideal que real. La vida, más tarde, me hizo palpar cómo aquel imposible se hacía realidad en personas que la Providencia había puesto en mi camino. Y es que la naturaleza humana, capaz de los mayores horrores, también lo es -más de lo que se cree-, de la más sublime generosidad.

Aquella vieja canción vino a mi cabeza al leer la estremecedora situación de un indigente portugués en Ribadeo. No habla, evita el contacto, no pide limosna, pero cuando alguien se detiene ante él y le da una limosna o algún alimento, João Paulo se transforma y vuelve a ser persona. Así, no solo se dirige agradecido a su benefactor, se atreve a compartir lo que tiene. Su problema más grave no es la miseria material sino su infinita soledad. Su caso es uno más entre los miles que, en estos tiempos, sacuden nuestras conciencias. No obstante, tiene un sello particular. Un poco de atención al otro, provoca en este lo mejor del ser humano. Otro mundo es posible. Todos podemos, cada día, construirlo.

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Nada tiene y aún reparte