No es un tango aunque tiene esa lectura agridulce de los textos de la música porteña. Es un éxodo callado, una sangría silenciosa, la impotencia de un exilio laboral, la cuchillada caliente de la emigración obligada, el adiós muchachos colectivo de un país que no es capaz de ofrecer una alternativa de trabajo a sus jóvenes.
Yo no sé si por repetido hay que asumirlo, que la legión de parados la integran las generaciones mejor preparadas de la historia reciente. Sé, sin embargo, que cuando en España construimos una Arcadia que tenía como pilar un becerro de oro que la sostenía, en los todavía cercanos tiempos en los que decostruíamos la tortilla de patatas, escalábamos los primeros puestos de un ránking invisible que fue creciendo con la soberbia de una suficiencia mal entendida.
Vivimos al este del Edén, en una fiesta sin límite; se renovó el parque de vehículos, las listas de espera para adquirir un Audi, un Lexus o un Porsche comenzaban a ser tediosas. Pero una noche se apagó la luz, se fundió el generador central, se desmoronó la industria, en las urbanizaciones de la costa y las que brotaron donde la ciudad termina creció la hierba y la hojarasca. Los bancos cerraron las ventanillas, se clausuró el crédito, Europa nos golpeó los nudillos con una gigantesca palmeta, y nos exigió el cuaderno de los deberes que el poder político y el económico no nos habían pedido que hiciéramos.
El Gobierno desnortado se convirtió en un comando de zombis noqueados mientras la oposición aguardaba agazapada hasta que «cautivo y desarmado el ejército rojo» cayera abatido por la levedad del mensaje.
Y el paro fue el quinto jinete de un apocalipsis contemporáneo que sembró la desesperanza entre la población más joven, que eligió un camino de ida a ninguna parte.
Llegaron los recortes como llegan las riadas en la temporada asiática de monzones; la ciencia, la innovación y el desarrollo, ejes básicos de la cimentación del futuro, fueron sometidas a la censura económica. Y un gigantesco mapa de nuevos destinos nos convocó fuera de nuestras fronteras.
Pobre país aquel que después de invertir ingentes recursos, públicos y privados, en la formación de nuestros jóvenes, los obliga al más duro de los exilios: el económico; pobre país el que expulsa a investigadores, licenciados en todas las disciplinas, médicos, ingenieros, a miles de chavales sin cualificación que buscan el paraíso lejos de su tierra. Si la nueva patria es Europa, ya no hay sitio para todos. Adiós, muchachos; ¿en qué momento nos hemos equivocado?