La ida de los octavos ha dejado el patio revuelto. Como nunca. En competición, hay dos lujos, el Madrid y el Barça, y luego está todo lo demás. El empate en Moscú no será problema en el Bernabéu. La debacle inglesa en los grupos (fuera los dos Manchester) puede culminarse con la caída de Arsenal y Chelsea. Unos cuartos sin equipos de la isla serían insólitos. No sucede desde el siglo pasado. Desde el año 96, cuando el Blackburn Rovers se quedó fuera de esa ronda. El único grande que goleó en la ida fue el Milan. Cruz le salió al Bayern en Suiza y al Inter en Marsella. Los emergentes pueden dar sustos, pero es difícil que lleguen a meter miedo cuando la competición se ponga seria. Ni siquiera los que intimidan algo como el Nápoles o el Olympique marsellés. Los demás viven un dulce sueño: Benfica o Zenit, Basilea y Lyon. Y el Apoel hace a la perfección su papel de turista milagroso. Es una Champions atípica. Pero será difícil que aparezca una escuadra capaz de deshacer a Barcelona o a Real Madrid a doble partido. Ciento ochenta minutos son una eternidad si enfrente tienes dos máquinas de hacer fútbol, dos equipos que te matan hasta jugando mal. Hasta Cristiano, helado, consigue marcar en un glacial Moscú. A ver cuánto dura esta revuelta de los novatos.