E stamos en tiempos de juramentos/promesas. Primero, tras las elecciones municipales; después, por las generales; más tarde, al hilo de la conmemoración de la Constitución; y, ahora, con los nuevos altos cargos. Un proceso impecable, por más que siempre hay alguien que tozudamente hace lo imposible por singularizarse negativamente. Es el caso del alcalde de Gerona, a quien no gusta la Constitución. Y si a mí no me gusta, ha pensado el desafiante regidor, tampoco a nadie. Seguramente tampoco le agrada que le recuerden que Gerona es una de las provincias integrantes del Estado español, esto es, de la fórmula política conformadora de la nación española. «No lo haré -puntualiza- porque no me corresponde». Y eso que las competencias autonómicas no han hecho sino ampliarse en los últimos años, y que, aunque lo busco, no hallo en la Constitución ninguna norma ni principio que puedan llevar a tal aseveración. Las verdaderas razones son, ya lo sabemos, otras. Me refiero a la monserga de siempre, con los complejos de siempre y a la ausencia de miras de siempre.
Así que tras más de tres décadas conmemorando la Constitución, los ciudadanos de Gerona no han podido festejarla. Nuestro aprendiz de alcalde de Zalamea desconoce, o prefiere ignorar, algunas cosas que no está de más reseñar. La Constitución obliga a todos los ciudadanos, pero especialmente a los diferentes poderes públicos, ya sean del Estado, de las comunidades autónomas o de los municipios. Segundo, que hay algo que se llama, aquí y en todos los países modernos, lealtad institucional. Tercero, y más importante aún, que, finalizadas las elecciones, quien gobierna lo hace para todos, y no solo para los que lo respaldaron en los pasados comicios locales. El alcalde de Gerona no es hoy el representante de CiU en la bella ciudad catalana, sino el máximo regidor de todos los gerundenses. Pero tampoco en esto ha caído el sobresaliente político. Y, por fin, y como corolario, la flagrante ausencia de sentido común y de responsabilidad política.
A nuestro querido amigo habría que decirle además, que esa Constitución que ni reconoce, ni festeja es, precisamente, la que habilita el vigente régimen de libertades, que le ha permitido ser elegido democráticamente por sus ciudadanos. Que esa Constitución que no conmemora es la norma básica que asegura la convivencia entre todos los españoles. Y que esa Constitución que se ningunea es parangonable al resto de Constituciones democráticas de los países del entorno. ¡Ah, y que no se olvide!, pues la memoria es frágil. Miguel Roca, cabeza entonces de su formación política, no es que respaldara la Carta Magna de 1978, sino que fue uno de nuestros padres constituyentes, cuyo texto defendió en la Cámara, solicitó su apoyo y la votó en el referendo constitucional del 6 de diciembre de 1978. El 67, 91 % de la población catalana participó en el referendo, dando el sí el 90,46 %. ¿Lo recuerda? Yo, y ustedes, también. No está de más reiterárselo al sobresaliente preboste.
Ahora que se acerca la celebración de la Constitución de Cádiz, no está de más recordar lo dispuesto en su artículo 7: «Todo español está obligado a ser fiel a la Constitución, obedecer las leyes y respetar las autoridades establecidas». Pero él no se ha enterado todavía.