S é cómo se forman las mayorías, y desde el año 2000 lo hemos conocido todos en el seno del Partido Socialista. Nadie entonces podría haber pronosticado que, saliendo de una exigua diferencia de nueve votos, Zapatero y su ejecutiva alcanzarían tal poder orgánico en el partido y tal reconocimiento social en España.
Lo recibimos con algo más que amplias esperanzas tanto quienes no lo veíamos con demasiado entusiasmo como quienes se emocionaron con su victoria luego de los desatinos de Aznar y su Gobierno antes y en la crisis de los atentados islamistas de Madrid. Por ello, los pronósticos, augurios y proyecciones que ahora se practican con Alfredo Pérez Rubalcaba y sus también escasos veintidós votos, puede que tengan razón en lo que se refiere a la vida interna socialista, o puede que no. Porque el alivio con el que fue recibida su elección por los poderes económicos, sociales y mediáticos apenas permite percibir una esperanza limitada en el conjunto de la sociedad. Esperanza asentada en su demostrado buen hacer y en sus capacidades estratégicas.
Igual que Carme Chacón fue víctima y beneficiaria de sendas estrategias de opinión, Rubalcaba está sometido a otras similares, de demonización para unos y de capacidad política y liderazgo para los otros. Con el agravante añadido de quienes tienen amplias desconfianzas sobre su proyecto debido a las dudas que generan aquellos líderes territoriales harto conocidos que lo apoyaron para conformar su mayoría y por lo tanto han salido reforzados por situarse del lado ganador.
Muchos olvidarán las palabras de López Aguilar reprochando a Zapatero la selección de recursos humanos para sus Gobiernos, siendo él uno de los elegidos, pero serán más difíciles de obviar los recuentos de dirigentes de su ejecutiva vistos junto a Pepe Blanco, o la propia elección entre dos almas de su selección gallega.
A Rubalcaba, con haber salido fortalecido del congreso federal, le quedan complejas batallas a dar por figuras interpuestas. Y aun siendo importante la estrategia política frente a Europa, la economía y la equidad, y su definición triple de oposición a Rajoy y su Gobierno, me malicio que su despegue puede estar más lastrado por líderes, políticas y liderazgos territoriales -sean gallegos, andaluces, asturianos, catalanes o valencianos, menos creíbles en reflejar el discurso Rubalcaba-, que por la capacidad del equipo dirigente de Ferraz, donde, efectivamente, debe de hacer frío. Pero no más que en las sedes socialistas de la calle O Pino o de O Calvario. Donde ante un próximo futuro no se explican estrategias. Para Galicia, obvio.