Entender el AVE

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Pertenezco a ese grupo de ingenuos que creían que esta vez lo del AVE Galicia-Madrid estaba atado y bien atado. Entendía que los pasos dados por el anterior ministro de Fomento, José Blanco, eran definitivos respecto de la fecha de su conclusión (finales del 2015). Pensaba -y aún quiero pensarlo- que el Partido Popular estaba de acuerdo en ello y lo respaldaba incondicionalmente (recuérdese el pacto del Obradoiro). Sin embargo, en este momento mi fe ha empezado a flaquear, como si se me hubiese atragantado alguna afirmación o algún silencio. Es decir, que ya no pondría la mano en el fuego por nada.

Lo que más lamento es que, una vez más, se está desdibujando la idea-eje central del AVE, con declaraciones tan contrarias -y tan menguadas intelectualmente- como la de Pere Macías, segundo portavoz de Convergencia i Unió en el Congreso. Tal señor, como recogió este periódico, sostiene la memez interesada de que continuar con las obras del AVE a Galicia pone en riesgo la credibilidad exterior de España (por los compromisos con los socios europeos de reducir el déficit y el volumen de deuda pública). Algo que no dijo ni por error cuando el AVE que se construía era el de Cataluña. Tal vez porque cree que solo lo que beneficia a su comunidad no pone en riesgo la credibilidad hispana.

Asumir esto significaría echar en olvido el objetivo esencial al crear la red del AVE en España, que se resumía en la vertebración socioeconómica del Estado, impidiendo el descuelgue de algunas comunidades menos desarrolladas. El éxito fue de tal magnitud en el caso de Andalucía que el entonces ministro de Transportes, el catalán José Borrell, escribiría quince años después que aquella fue «una decisión política» a favor de la cohesión territorial «para anclar el sur en el desarrollo general del país y evitar la emergencia de zonas de subdesarrollo endémico que, como en el caso italiano, son después muy difíciles de corregir». Es lo que ahora algunos parecen querer olvidar.

Lo cual significaría desvirtuar toda una política de cohesión del espacio físico, con evidentes consecuencias socioeconómicas. Estoy seguro de que la ministra de Fomento, Ana Pastor, lo entenderá así, porque el AVE es para Galicia esa ancla indispensable.