Cuando a mediados de los noventa el Gobierno luso decidió hacer del aeropuerto de Oporto uno de los grandes de Europa, puso al frente del proyecto a uno de sus mejores técnicos. Casi veinte años después, el mismo responsable sigue marcando la pauta de un aeropuerto que pretende llegar a los diez millones de pasajeros en el 2020. Mientras la Aena portuguesa apuesta por la continuidad y el desarrollo de un proyecto, el puesto de director de aeropuerto en España es siempre un lugar de transición y meritaje.
El director de Oporto vio en Galicia un mercado natural y, sin ruidos, primero pagó los taxis a los gallegos que querían volar desde el Sá Carneiro. Luego puso autobuses directos, infinidad de vuelos y comodidades. Y su plan sigue en marcha, mientras los aeropuertos gallegos no saben por dónde les da el aire.