Mi amigo Gustav Olsenberger, que nació y vive en Uppsala (Suecia), nunca había viajado a Santiago. Su conocimiento de España se basa en cuatro ciudades -Barcelona, Toledo, Sevilla y Granada- que lo tienen fascinado, y a las que acude cada año a comer, leer y pasear. Y fue en Sevilla, hace veinte años, donde nos hicimos amigos.
Muchas veces le dije a Gustav que sin conocer Santiago no se conoce España. Y más de una vez le describí el paseo nocturno por las cuatro plazas que enmarcan la catedral, y que siempre termina cuando las doce campanadas del viejo reloj sobrecogen al viajero en la bancada de Antealtares. Y para animarlo a venir le regalé cien libros, le conté mil tradiciones y le hablé de las ameixas al natural y la merluza cocida con patatas y ajada. Y claro, el pobre Olsenberger se decidió a venir.
El pasado día 2, ya de noche, llegó a Santiago. Y, casi sin cenar, nos fuimos a dar el paseo que debía terminar a las doce en punto en la Quintana de Mortos. Pero todo se convirtió en un horror. La Praza das Praterías tenía una hortera iluminación de Navidad que impedía ver la catedral, que estorbaba la visión de la Fonte dos Cabalos y de la recién restaurada Casa dos Coengos, y que dejó en ridículo todas mis previsiones sobre el síndrome de Stendhal. Volado por la situación saqué de allí al pobre Gustav y los subí a la Quintana. Pero toda la soberbia plaza de la Porta Santa y la Torre Berenguela -sus obras se disculpan- estaba ocupada por una carpa -¡una carpa blanca e hinchable!- que alberga una pista de hielo.
La bajada al Obradoiro, huyendo de tal desfeita, no fue mucho mejor: el pazo de Raxoi estaba oculto tras las luces de colorines de una Navidad sin gente, y el Hostal de los Reyes Católicos mantenía su fachada oculta tras un bosque de mástiles de aluminio -como ponerle cananas a San Antonio- que lo asemejan mucho más a un mercado de tractores de segunda mano, o a una gasolinera, que al más bello edificio civil de España. La Casa del Deán tiene un trapo colgado que no la deja ver. La fachadas de San Martín Pinario, el Carmen de Arriba, Salomé y Fonseca están agredidas por postes con rótulos de metacrilato que se imponen a la belleza y unidad de los espacios. Las plazas do Toural y Cervantes emulan los adornos de Nueva York. Y en toda la ciudad falta el primor que tuvo antes de verse inundada de rótulos sin gusto, banderolas -¡vaya plaga!-, señalizaciones incontroladas y cables negros que rompen la unidad de las fachadas y los bellísimos espacios del barroco.
A Gustav le gustaron mucho la Praza da Inmaculada, donde no había nada ni nadie, y la Praza Roxa, donde la carpa -¡otra carpa!- no se pelea con la labor estética de los siglos. Y yo, cuando lo llevé al aeropuerto, tuve que reconocer que mi ciudad «parece hermosa, pero está desperdiciada». ¡Glub!