EN MÁS de una ocasión circundé a prudente distancia el meollito botellonero pretendiendo encontrar el chiste de participar en esto del bebercio colectivo. Claramente me sobrevaloré. «¿A dónde vas, Vicente? Adonde va la gente», y sanseacabó. Las copas son caras y por tres euros por barba se juntan en estas concentraciones de culto al dios Baco media docena de colegas y ya tienen para repetir Beefeater. A estos muchachos que el día que empiecen a frecuentar cómodos establecimientos hosteleros se percatarán de que es posible charlar plácidamente mientras se toman una copa -más cara, eso sí- al tiempo que escuchan música y no sirenas, bocinazos o gritos de vecinos desesperados, los entendería si no incordiaran tanto y a tanta gente. No así a los escasos pero incipientes especímenes de «bébetelo todo y destroza lo que puedas, que paga el ayuntamiento». A éstos, tolerancia cero. ¿Quién es el culpable de esta situación? Los padres, por supuesto, no podemos quedar impunes. Para eludir el tan manido «papá, no me ralles» (término botellonero donde los haya), nos volvemos permisivos en exceso. Pero pocos dudan que la mayor responsabilidad recae en gobiernos locales, que no aciertan a solucionar el que para muchos se está convirtiendo en el problema de su vida: fines de semana sin pegar ojo, pisos devaluados con hipotecas que soportar, etcétera. Tal vez la poca eficacia de nuestros munícipes responde a que el problema afecta a un número reducido de ciudadanos. Pero ojo. El botellón no cesa en su inexorable avance. Nadie está a salvo de que su zona se convierta en botellódromo de moda. Es el efecto marabunta. Se desplaza a pasos agigantados, y aquel que antaño anatematizaba a los que empezaban a alertar sobre el fenómeno en cuestión, en menos que canta un gallo se pueden encontrar con litroneros acampando en sus escaleras. Me apunto a la prohibición de consumir alcohol en las calles. Existen concejos en que dio resultado. Los jóvenes salen a relacionarse, a pasárselo bien. Nadie les niega ese derecho. Pero que lo hagan sin molestar, en espacios habilitados para ello, y si no están tan a gusto pues tendrán que aguantarse. Cargas de la democracia. Siempre será más de recibo que tolerar que se acabe con la salud de miles de ciudadanos en todo el país. Educación para la ciudadanía en su más pura esencia. ¿Por qué querrán que no se estudie como asignatura? Y a mí que me encantaría que mis hijos sacaran un diez.