FUE MOZART -el compositor del Réquiem y La flauta mágica- el que dijo estar dispuesto a renunciar a toda su prodigiosa obra si le diesen el honor de haber compuesto el prefacio que se cantaba en las misas en latín: «Vere dignum et justum est, aequum et salutare, nos tibi, semper et ubique, gratias agere». En Forcarei también se decía que el comienzo del Evangelio de Juan se entiende mejor en latín que en castellano, y que la idea de que «En principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» no se oscurece nada si se reza diciendo: «In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum». Aunque no pongo en cuestión que el Papa sea infalible, creo que Ratzinger sabe más por viejo que por papa, y que al tomar la decisión de autorizar el oficio de la santa misa en latín, a petición de los fieles, está apuntando a un proceso de restauración de la Iglesia de vastísimas dimensiones. Huelga decir que la celebración de la misa en latín no implica la vuelta en plenitud al rito tridentino, por lo que algunos avances conciliares, como la celebración cara al pueblo, pueden mantenerse sin problemas. Y tampoco es necesario recordar que un sacerdote abierto e inteligente no deja de serlo por consagrar en latín, de la misma manera que un cura retrógrado y patán lo sigue siendo por más que rece en castellano o en inglés. Porque lo que está detrás de la decisión del Papa no es una cuestión de carácter doctrinal, que admite otros debates, sino la conveniencia de recuperar rituales, la necesidad de poner en contribución el patrimonio de la Iglesia, y la vuelta a la reconfortante identidad ecuménica de la fe católica expresada en un idioma transversal con el que vuelvan a entenderse todos los cristianos del mundo. No es utopía. Cuando yo era pequeño la gente de mi parroquia recitaba el credo y el paternóster, o cantaba la salve y el Pange lingua, exactamente igual que como se hacía en la catedral de Colonia, en Nôtre Dame de París, en las iglesias de barro y paja de África, e incluso en la anglicana abadía de Westminster. Y por eso espero que, más allá de la belleza inolvidable del canto gregoriano, de la sobrecogedora liturgia de difuntos o del emocionante Pregón pascual, sepamos volver a aquellas formas y palabras que nos hicieron sentir hermanos e iguales en todas las naciones. Y que nadie se preocupe por si vamos a entender o no el misterio de la fe. Los de antes, casi todos analfabetos, siempre supieron lo que era nacer y morir en el seno de la Iglesia. Cosa que hemos perdido -no por eso, pero después de eso- cuando dejamos el rito en latín y empezamos a afinar en la cuerda más baja del coro universal.