NO VAMOS a dudar ahora de que la sanidad funciona a la perfección. No hay más que darse una vuelta por las urgencias de nuestros hospitales o por las salas de espera de los centros de salud y ver lo que ocurre. Ni discutiremos sobre la educación, que marcha a las mil maravillas, aunque hay profesores que tienen que comprarse los folios para la fotocopiadora y los padres estén trinando de la calidad que se ofrece a sus hijos. Tampoco debemos cuestionarnos la situación de las vías de comunicación. Viaje usted de A Coruña a O Barqueiro, por ejemplo, y comprobará lo mucho que nos cuidan. Como nos cuida Aena, que ofrece una aventura diferente cada mañana. Te vas a Madrid y no sabes ni cuándo sales, ni cuándo llegas, ni tan siquiera sabes si llegarás a Madrid o llegarás a Sevilla. A lo de los aviones le pasa como a la telefonía móvil, que también es una sorpresa continua. Empiezas a hablar y desconoces cuándo te vas a quedar con la palabra en la boca por falta de cobertura. Como no está el día para discusiones, no hablaremos de cómo defienden nuestro medio ambiente (véase la mina que va a destrozar O Courel), ni de la limpieza y aseo de nuestras ciudades, ni del transporte público, ni de los atascos, ni de los retrasos en las obras públicas, ni de la penurias de sectores como los pesquero, agrícola, ganadero o lácteo; ni de la seguridad; en fin, no hablaremos más. ¿Y por qué hacer ahora precisamente esta reflexión y este recuento? Por nada especial. Aunque no faltará algún malpensado que crea que lo hacemos porque hace sólo unas horas que finalizó el plazo para la declaración de la renta y el Estado acaba de embolsarse un pico. No faltará quien crea que esto viene a cuento de aquello. Pero nada tiene que ver una cosa con la otra. Lo recaudado por la renta va a otros destinos. A subvencionar los congresos y los bochinches de los colegas, a levantar obras monstruosas que no se sabe para qué sirven, a patrocinar..., a enjugar los déficits disparatados de clubes deportivos y empresas públicas, a lanzar satélites al espacio, a organizar regatas de veleritos y a pagar grandes premios de fórmula uno. Para ahí se van nuestros peajes.