«SI ALGUIEN se inmola con una bomba, llevará razón, a no ser que el Gobierno británico pida disculpas y retire el título de sir a Salman Rushdie». La infame frase la dijo el ministro paquistaní cuando Londres anunciaba hace días la distinción al escritor rebotado en la mente de muchos londinenses, al enterarse éstos, sobrecogidos, del descubrimiento de dos coches atiborrados de explosivos cerca de una concurrida sala de fiestas. Aunque Scotland Yard vea la mano de Al Qaida en la potencialmente mediática matanza -día de toma de posesión de Brown, aniversario del atentado de Londres, etcétera-, sería precipitado presumir que los propietarios de los siniestros vehículos se inspiraban en las incendiarias palabras del político paquistaní. Su exabrupto, sin embargo, muestra llamativamente la sima cultural existente entre Occidente y el mundo islámico. En nuestra sociedad, la separación entre Iglesia y Estado es un hecho aceptado; la indiferencia hacia la religión, algo corriente; la crítica a una u otra tendencia, admitida. No ocurre así en amplios sectores del islam. Tomemos el caso Rushdie. Publicó Los versos satánicos , novela considerada claramente irreverente por muchos musulmanes. Jomeini lanzó un edicto que autorizaba a ejecutar al blasfemo y las voces que en el mundo islámico discreparon de tal barbaridad fueron mínimas. Pocos hombres públicos se atreven allí a dar la cara. El incidente de las caricaturas islámicas de un diario danés el pasado año trae reflexiones parecidas. Las imágenes podían herir la sensibilidad de creyentes musulmanes, pero ¿hubo personas en los países musulmanes que explicaran que en Europa la veda está abierta con cualquier religión?, ¿que habiendo mofas esporádicas con, a veces, subvenciones oficiales hacia signos cristianos, resulta imposible que un Gobierno prohíba la sátira de la religión musulmana? No las hubo. La labor de pedagogía que compete a las autoridades locales no se produjo. Es incómoda y parece peligrosa. Lo que prueba la distancia sideral que hay entre la mentalidad prevalente en su sociedad y la nuestra. Los dirigentes de bastantes países árabes parecen encontrar cómodo refugiarse en un trasnochado victimismo que encuentra intermitentemente útil culpar a un enemigo externo (los mongoles, Turquía, el imperialismo occidental¿) del atraso técnico y económico que les aqueja, en lugar de denunciar las flaquezas de su sistema. La cólera suscitada por la distinción a Salman Rushdie resucita el tema: «La gente se percatará de que hay que ejecutar el precepto de Jomeini», dice un intelectual iraní, y en Occidente esta vez es menor el clamor ante la medieval propuesta. ¿Cansancio o, como apunta Los Angeles Times , una «suave beatería» que presume que «es natural en la cultura islámica matar infieles o apóstatas y expresar rechazo de esas prácticas parece un tanto intolerante o insensible?». La asociación Liderazgo Islámico Mundial pedía en Córdoba la creación de un observatorio internacional contra la islamofobia que estudie cómo se trata a los musulmanes en libros de texto, prensa, etcétera. Más chocante resulta su reivindicación en lo relativo a «la libertad religiosa, respeto a las minorías». ¿Puede compararse el trato que reciben en España y Occidente la minoría islámica con el que obtienen en muchas naciones musulmanas los practicantes de otras religiones? No. Evidentemente, son ellos los que tendrían que generalizar el respeto a las minorías. Tenemos una creciente población musulmana en nuestra naciones. Pero pensar que tiene la misma gravedad satirizar a Mahoma o criticar el dogma de la inmaculada concepción que alentar a poner una bomba en una sala de fiestas o en una estación es algo que nuestra civilización, en el siglo XXI, no debería admitir.