UNO, que se ha pasado media vida llamando a las puertas del cielo, está contento en esta mañana de junio. Por Bob y por el arte. O sea, que cuando se reconoce a los poetas, uno salta de alegría. El arte vive, sin vivir en sí, desde que el mundo es mundo contemporáneo. Nos hemos cansado de escuchar que son malos tiempos para la lírica, que decía Brecht, pero no escuchamos apenas que los que no se dan cuenta son imbéciles y que los que se dan cuenta y no actúan, son criminales (también lo decía Brecht). Los criminales los hay en todas partes, o sea, los que se cruzan de brazos y no dicen nada cuando el absurdo y la estupidez sobrevuelan el planeta. A Bob Dylan, por fortuna, no le ha quitado el premio Ferran Adrià, que también estaba nominado. Ferran, que parece un buen tipo, está en todas partes. Fue designado por segunda vez mejor cocinero del mundo y, de paso, invitado a la Documenta de Kassel, que es una muestra de arte contemporáneo de relevancia universal. O sea, un artista. Los artistas cotizan a la baja. Porque el arte contemporáneo se ha empeñado en señalar que hay «instalaciones», por ejemplo varias cajas de zapatos en el suelo, que representan y son «arte» revolucionario. La contemporaneidad sitúa a Ferran Adrià al lado de Dylan y, cualquier día, Zapatero lo nombra émulo de Cervantes y nos crean otro mito nacional. El arte es la conquista de la dificultad, o sea, una pompa de jabón que sabe a mandarina. La genialidad no es igual para todos. Mientras unos se han pasado la vida, como Dylan, llamando a las puertas del cielo, otros se han sentado en las hornacinas del arte pintando la mona: pintando rayas sobre un lienzo, por ejemplo, o «instalando» cajas de zapatos en el suelo. Malos tiempos para la lírica, para la poesía. Algún día ella, la tan amada, dejará de ser Neruda para ser cualquier cosa. El arte ya no persigue la belleza, sino el espectáculo y la pasarela. El esnobismo, que es la peor de las estulticias, me araña el corazón. Me araña. A mí, que me he pasado la vida llamando a las puertas del cielo. Para sobrevivir, querido Bob.