El Estado inteligente

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

HA SORPRENDIDO que nuestro inteligente ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, haya hecho la siguiente afirmación: «Tras la ruptura formal de la tregua por parte de ETA, las circunstancias han cambiado y ahora el Estado debe ser firme e inteligente». ¿Es que hasta ahora no había sido firme e inteligente? Luego he escuchado unas palabras similares en boca del presidente Zapatero, y me he dado cuenta de que no se trataba de un lapsus del ministro. La realidad estaba ahí: ha llegado la hora de que el Estado sea «firme e inteligente». Cualquier comentario podría deslizarse por la ironía con facilidad, pero no son estos juegos los que se corresponden con la situación actual. ETA ha liquidado lo que quedaba de su falaz y rimbombante «alto el fuego permanente» y el Estado debe adoptar una actitud que, además de ser «firme e inteligente», nos lleve a mejor puerto que la anterior, la del talante, el diálogo, el consenso y la integración. No es necesario que el presidente Zapatero vaya de plató en plató explicando que va a combatir la violencia «con la misma firmeza» con la que luchó por la paz. Se da por supuesto. Él no ha roto el mal llamado proceso de paz ni nadie le ha reclamado (salvo Batasuna) haber puesto mayor determinación en el empeño. El alto el fuego lo ha quebrado ETA (y no ahora, sino cuando voló la T-4 del aeropuerto de Barajas). Y al Estado inteligente no le corresponde asumir la culpa, porque no la tiene, sino obrar en consecuencia. Y es aquí donde surgen algunas dudas. Hoy mismo el presidente del Gobierno se reúne con Mariano Rajoy y es casi seguro que escenificarán una vez más su desentendimiento en la lucha antiterrorista. ¿Dónde se hace visible en este punto el Estado firme e inteligente? Porque no se trata de acreditar la firmeza y la inteligencia en el desacuerdo, sino en la voluntad común e indomable de responder a la amenaza etarra con todas las armas de que dispone el Estado de derecho. El PSOE y el PP deberían inaugurar otra manera de dialogar, sin reticencias ni desconfianzas, para estar a la altura de la grandeza política que requiere el desafío presente. Ha llegado la hora de ser firmes e inteligentes, sí, pero también la de reconocer errores y alcanzar acuerdos esenciales y duraderos.