SE HAN dicho tantas simplezas, que se impone una didáctica elemental: a Arnaldo Otegi no lo ha detenido el Gobierno. No ha sido el Gobierno el que lo ha metido en la cárcel. Ha sido la Justicia, por este procedimiento: el Tribunal Supremo rechazó el recurso presentado por él, confirmó la sentencia de la Audiencia Nacional que lo condenaba a quince meses de prisión, y el tribunal juzgador de la Audiencia ordenó la ejecución de la sentencia. Es lo normal en estos casos. Me apresuro a adelantarlo, porque algunos portavoces de Batasuna ya acusaron a Zapatero, y el señor Rodríguez Ibarra incluyó el acontecimiento en la nueva política de autoridad del presidente: «Bambi de acero». Nada de nada. Zapatero no ha movido un dedo. Es un hecho judicial y nada más que judicial, gracias a Dios. ¿Habría ocurrido lo mismo si siguiera abierto el proceso de paz y hubiera diálogos con Batasuna o directamente con ETA? Ahí caben todas las especulaciones. No es difícil imaginar que, al menos, no habría la unanimidad del Supremo que ayer se registró. Ningún magistrado, por frío y neutro que sea, es indiferente al hecho de que una sentencia condenatoria pueda quebrar los avances hacia la paz. Pero lo único cierto es que el proceso se ha roto, y los jueces aplicaron la ley sin ningún tipo de contaminación externa. La resolución del Supremo es, en este sentido, de una gran pureza. ¿Hay muchos jueces que le «tienen ganas» a Otegi? No lo duden; pero no son ganas caprichosas; son el fruto de la acumulación de gestos y declaraciones que suponen una persistente burla a la legalidad y un cachondeo a costa del Estado de derecho. De esta forma se ha neutralizado otro de los jinetes del Apocalipsis que se narran en las poco sagradas escrituras del Partido Popular: claudicación en Navarra, con una venta por parcelas a los terroristas; paseos de Iñaki de Juana, que muchos cronistas exaltados imaginaron repletos de sexo con su novia -hay que estar obsesionados-, incluso en la ambulancia; cobardía ante Otegi, una leyenda de quien decía el PP que tenía a Conde-Pumpido como abogado defensor, y al que Zapatero tuvo los redaños de llamar hombre de paz, y Acción Nacionalista Vasca, que se ha colado por las cañerías, y ya no hay jurista ni tertuliano disolvente que la saque de ahí. El ingreso en prisión del señor Otegi es, en todo caso, una noticia muy importante. Quizá provoque reacciones airadas, porque los radicales vascos están muy acostumbrados a la espiral de acción-reacción. Pero, por encima de ese riesgo, supone el fin de la impunidad en la exaltación del terrorismo. Es un aviso para todos sus seguidores e imitadores. Y es, para el conjunto de los ciudadanos, un mensaje de imperio de la ley.