Agoniza el pasado en Heiligendamm

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL LLAMADO G-8 no es más que un club privado que reúne, al margen de cualquier respaldo institucional, a 7 países opulentos con ciudadanos muy ricos y a un país con mucho capital pero con ciudadanos pobres. El objetivo que mantiene unida a tan diversificada nomenclatura no es otro que el de seguir disfrutando del privilegio de ser un poder fáctico y decisivo en el marco de las relaciones internacionales. Y la única razón por la que este mal invento sigue funcionando es porque una enorme caterva de políticos segundones y de comentaristas comprados se empeña en dotar de apariencia seria y trascendente lo que no pasa de ser la última boqueada de un pasado que se resiste a morir. Para la UE es un auténtico bochorno que tres de sus líderes acudan a esta broma llevando nuestras plumas en su penacho -ni Francia, ni Alemania ni Inglaterra tienen interés por separado- para cocinar el menú a su gusto. Y por eso se hace necesario que los restantes países de la UE empiecen a no reconocer la validez de ningún compromiso que se adquiera en su nombre al margen de las instituciones de representación y debate de lo que es, o quiere ser, un espacio político moderno, justo y representativo. Para Francia -¡quién la ha visto y quién la ve!- debería ser una ignominia el hecho de rechazar la Constitución para Europa, en nombre de una concepción muy discutible de su grandeur y de su soberanía, para que sus presidentes acaben haciendo de acólitos en una rancia ceremonia en la que Putin y Bush actúan como sátrapas caprichosos de la política internacional. Y Angela Merkel, que trata de reinstalar a Alemania en el mapa de las grandes potencias, debería considerar un gran fracaso el verse inmiscuida en el intento de convertir en un exitoso acuerdo climático, cuya visualización se aplaza más de cuarenta años, lo que no pasa de ser un chalaneo difuso y oportunista que los avances tecnológicos habrán convertido en pura trapallada en sólo dos décadas. Para los que queremos ser europeos, y gobernar institucionalmente la globalización, las reuniones del G-8 -sus temas, sus formas, y sus desorbitados escudos policiales- constituyen una seria advertencia de que las cosas no van por buen camino, y de que todos los intentos de construir una democracia global están siendo zancadilleados de forma indecente por nuestros mandatarios -Blair, Merkel y Sarkozy lo son-, y por unos aliados que, como Putin y Bush, sólo ven en Europa el campo de Agramante de sus eternas tensiones. Cuanto más grandes son los ámbitos de decisión, más necesaria es su institucionalización. Y es evidente que el G-8 constituye, desde su propia concepción, el último reducto del imperialismo más trasnochado.