19 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

SE puede hablar del vino de otra manera, sin ofender a las víctimas de las carreteras. Nació entre Anatolia y Armenia. Siguió la ruta de Mesopotamia, Egipto... Los griegos se lo dieron de beber a los romanos. El Mediterráneo fue su río hasta España. Es el fruto de la vid. Hay que mimarlo y luego pisarlo. Es un rubor de la sangre, carmesí. Aparece en el Gilgamesh. Sale citado el mayor número de veces en el libro de libros, la Biblia. Es la sangre de Cristo dentro de un cáliz. Anima los corazones y hace fluir las palabras. Adormece los odios. Mitiga el dolor. Difícil entender Occidente sin vino. De América llegó el tabaco. Hasta los viñedos de California y la mesa de Ángela Channing llevamos el vino. Tapa la timidez como una montaña de hojas de parra. Borges se atrevió a interpelarlo: «Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria». España es una fiesta, maridaje, gracias a él. Con moderación es un placer que une y dispone a la confesión. Nunca al volante. Hay una industria que crece sin parar a su alrededor. Galicia no es menos. Los vinos gallegos sorprenden como los rincones de nuestro país. El albariño es oro blanco. Y el ribeiro pasó de la jarra a dorar hermosas botellas. Mencía es una palabra bella. Y los cañones del Sil son aún más un paisaje innumerable gracias a sus viñedos. Quevedo, el de Villegas, dijo que no había pena capaz de nadar en vino. Todas se ahogaban. No se trata de beber litros. En su justa medida acrecienta sus virtudes. Con un par de copas llega y sobra para ganar una partida de buen ánimo sin ofender a nadie. Hoy los experimentos no se hacen con gaseosa. Se hacen con vino, y algunos resultan prodigiosos. Es mucho lo que avanzó la enología, ciencia que bendice las mesas. Fruto es de paladares exquisitos. Llega en otoño, antes que el almendro. cesar.casal@lavoz.es