AHORA que se han cumplido quince años desde la puesta en marcha de la alta velocidad entre Madrid y Sevilla, nos han llegado también los primeros datos sobre este relevante hecho. El primero nos lo ha ofrecido en grandes titulares el propio Ministerio de Fomento: «81 millones de viajeros ya han utilizado trenes de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla», y la gran mayoría de ellos lo han hecho en el AVE. ¿Qué ha significado todo esto? José Borrell, que era ministro de Transportes cuando se inauguró esa línea de alta velocidad, ha escrito en un artículo conmemorativo que «dejando aparte las consideraciones técnicas, hay que resaltar que fue una decisión política a favor de la cohesión territorial, en contra de la lógica de mercado, para anclar el Sur en el desarrollo general del país y evitar la emergencia de zonas de subdesarrollo endémico que, como en el caso italiano, son después muy difíciles de corregir». ¿Acaso no valdría el mismo argumento para favorecer las comunicaciones rápidas con la eurofinistérrica Galicia? Según José Borrell, «el AVE es también el símbolo de la política de cohesión del espacio físico, con evidentes consecuencias sociales». ¿Qué justifica que los gallegos sigamos todavía descohesionados quince años después? ¿Acaso no revela esto un abandono y una desconsideración descomunales? Es fácil estar de acuerdo con el ex ministro y europarlamentario Borrell en que «los AVE que surcarán el territorio de España serán puentes entre sus gentes para evitar las fronteras y las incomprensiones que la incomunicación levantó entre nosotros». Pero, ¿cuándo serán una realidad en nuestro caso? ¿Cuándo nos incorporarán a esa magnífica cohesión de la que tanto y tan justamente esperamos? Sus palabras definen con claridad el significado ventajoso del AVE. Lo que no nos dice es por qué figuramos en la cola de esa cohesión y por qué nadie se apresura a anclar el Oeste que encarnamos en el conjunto de una España que mira hacia Europa. Torrente Ballester o Saramago podrían imaginar que corremos el peligro de descolgarnos y marchar océano adelante como una isla sin rumbo. Esperemos que el AVE no justifique tal percepción de desapego estatal.