PUNTO primero: lo malo (o bueno) que tiene el vino es que te produce un estado de euforia y te puede lanzar por la senda de la provocación¿ o de la verdad de lo que piensas. «En el vino está la verdad», decían los latinos, en un anticipo del refrán que proclama que sólo en la infancia y en la embriaguez alcanza el ser humano su plena sinceridad. Y punto segundo: lo bueno (o malo) que tiene el carisma es que cuanto digas en cualquier pequeño recinto puede tener resonancia nacional. En esta historia de hoy, se han juntado los dos ingredientes: el estado de euforia (incluso sin beber) y el carisma del líder. En la Ribera del Duero tuvieron el detalle justísimo de condecorar a José María Aznar con la medalla de la Academia del Vino de Valladolid. No es tan importante como ser cabaleiro de la Orden del Albariño, pero se le aproxima. Lo que fue importante fue el discurso del señor Aznar: una proclama a favor de beber lo que se quiera, con tal de no hacer daño a nadie, y, metidos en gastos oratorios, una filípica contra los límites de velocidad. Los asistentes, como es natural, lo pasaron pipa. Los cosecheros y bodegueros, porque ahí tenían al anti-Elena Salgado y al salvador de las pérdidas producidas por los controles de alcoholemia. Los demás aplaudían al nuevo descubrimiento: un Aznar iconoclasta, que parecía un mozalbete en defensa del botellón. ¿Era éste el señor ceñudo, que nos echaba broncas y quería llevar a España por el camino de la rectitud y las buenas maneras? ¿Quién es el auténtico Aznar, éste del amor a la botella (con minúscula, también es mala suerte), éste de la pasión por la velocidad, o aquel otro que nos hacía estar sobrios y circular despacito por la derecha? ¡Oh, misterio nuevo de la política! Creo que el director de Tráfico está indignado: tantas campañas, para que venga un alegre pregonero y las eche abajo en dos minutos. Las asociaciones de víctimas casi le llaman lo mismo que cuando se metió en la guerra de Irak. Y el bueno de Rajoy estuvo por no salir a la calle, por si le preguntaban, y cuando le sacaron el tema puso la misma cara que cuando le preguntaron por el sueldo. Pelillos a la mar. Lo único que pasó es que Aznar está descubriendo su cara divertida, y se deja llevar por la marea, como nos pasa a todos los pregoneros: «¿Les gusta lo que digo? Pues lo puedo mejorar». Y la risa arrastra al orador, que también descubre su propia gracia. Así empiezan los que hacen monólogos en la tele. Discúlpelo, Pere Navarro. A mí me salió el ácrata que llevo dentro y también se puso a aplaudir. Los ácratas ya tenemos nuevo líder. Acabo de enviarle un SMS que dice: «Después de haber impuesto tanto orden, bienvenido a la anarquía, señor Aznar».