HACE ahora 70 años, el 1 de mayo de 1937, comenzaba Pablo Picasso a trabajar en el que sería el gran icono del siglo XX. ¿Han pensado que, al margen del título, no hay en tan impresionante pintura ningún detalle anecdótico que permita relacionarla con la célebre villa vizcaína? Aunque sí, el drama de la destrucción, el desvalimiento: ¡la madre con el niño muerto! Que tanto valía para un sitio como para otro, porque, en definitiva, era el símbolo de la humillación de todo un pueblo. En efecto, Guernica fue un hito importante, brutal, pero un hito más dentro de un espinoso viacrucis. La República había decidido participar en la exposición internacional que se iba a celebrar en París el verano de 1937. Los autores del pabellón de España, Luis Lacasa y José Luis Sert, reservaron un amplio espacio en el bajo pensando en una gran pintura que encargarían a Picasso. En este sentido fueron a verle, en enero de 1937, Sert, Max Aub y Louis Aragon. Asumido el encargo, Picasso tardó en poner manos a la obra. Podían haber sido varios los títulos, pues fueron muchos los acontecimientos brutales que le impresionaron en la guerra: Mérida, Badajoz o, acaso, Málaga, su ciudad natal, cuya toma y consiguiente huida de la población, el 8 de febrero, sería uno de los más sangrientos episodios, con la aviación disparando sobre la muchedumbre despavorida. En ese compás de espera, se produjo el 26 de abril el bombardeo de Guernica, que tuvo enorme repercusión periodística. La habitual manifestación obrera del 1 de mayo en París fue multitudinaria, con Guernica muy presente y la necesidad de ayuda a la España republicana. Esa misma tarde, profundamente impresionado, comenzó Picasso a preparar su gran mural: el primero de los seis bocetos que pintó nada tiene que ver aparentemente con la guerra, sino con una corrida; pergeñó a trazo rápido algo tan propio de él como un toro, un caballo y una mujer. A partir de ahí surgiría esa gran epopeya de la Guerra española, de cualquier guerra. Sí hay un gran símbolo en el cuadro tan español como es la figura del toro. La rabia de la madre es la rabia de todas las madres afectadas por la guerra. Es una representación colectiva. Como en el impresionante poema de Miguel Hernández, Vientos del pueblo , que es un mosaico compuesto por muchas teselas. Es un deber recordar a los muertos y propiciar el ¡nunca jamás! Pero no está bien separar unos muertos de otros. ¡Que nadie trocee lo que es la epopeya de todo un pueblo! De ahí que resulte petulante que haya quien quiera apropiarse de forma sectaria del gran mural del pabellón de España, con que ésta clamaba al mundo en París, en 1937, y que se ha trocado en testimonio colectivo innegable del afán de liberación y de la condena de todas las guerras.