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20 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.ESCRIBÍ la semana pasada que es decisivo comprender los sentimientos, las creencias y las razones por las que los demás actúan. Pero llevaba unas horas sin entender a la jueza Ruth Bader Ginsburg. Pertenece al Tribunal Supremo de los Estados Unidos que anteayer, por cinco votos contra cuatro, declaró constitucional la ley que prohíbe el aborto por «nacimiento parcial». Nunca había oído semejante cosa, pero parece que se trata de un método para abortar que consiste en la extracción del feto vivo menos su cabeza. Después, según leo, se le decapita de la manera menos dolorosa. Por supuesto, semejante procedimiento tiene también un nombre más aséptico y limpito que nunca he oído en castellano. Dicen que se utiliza en un porcentaje pequeño de casos, porque se aplica sobre todo a los fetos de más de doce semanas, cuando por su mayor tamaño ya no es posible triturarlos dentro del útero. El New York Times, más bien abortista, decía que entre el 80 y el 90 por ciento de los abortos se realizan en esas 12 primeras semanas, con lo que parecen indicar que el brutal sistema del «aborto por nacimiento parcial», ahora prohibido, afecta sólo al 10-20 por ciento restante. Todo me parecía tétrico, ominoso, y más aún cuando me tropecé con las declaraciones de la jueza Ginsburg, autora del voto discrepante al que se apuntaron otros tres jueces: «Este modo de pensar refleja concepciones antiguas sobre el lugar de la mujer en la familia». Se refería a la frase de un juez que votó a favor: «El respeto por la vida humana encuentra su expresión última en el lazo de amor entre madre e hijo». Más tarde, encontré el currículum de la magistrada y por fin la comprendí: a los 74 años, el trabajo de toda una vida jurídica intentando justificar el aborto comenzaba a desmoronarse. pacosanchez@lavoz.es