COMO las ondas que produce en el agua una piedra al caer en un estanque, cada atentado que tiene lugar en el área que se extiende desde el Magreb a Pakistán tienen una gran relevancia al repercutir en la seguridad del resto del mundo. Algo inimaginable hace un par de décadas cuando guerras como las de Afganistán, el Líbano, Palestina o Irak aparecían en los medios de forma tangencial. Los atentados del 11 de septiembre del 2001 marcaron un antes y un después en las relaciones internacionales, de tal manera que la segura autocomplacencia del Primer Mundo se tambaleó al enfrentarse a un fenómeno hasta entonces desconocido: el terrorismo islámico. El fanatismo sangriento dejó de ser una cuestión local, como el talibán en Afganistán, para convertirse en un fenómeno mundial. Se descorrió así el velo que cubría la gigantesca telaraña del terrorismo de Al Qaida y descubrimos con estupor cómo sus hilos se extendían desde los campos de entrenamiento de Afganistán a todo el mundo, a través de células aparentemente inconexas e independientes. Por primera vez, el mundo tenía que enfrentarse a un enemigo sin ejército que podía actuar en cualquier momento, en cualquier lugar. Cuando el juicio sobre el 11-M está en pleno apogeo, los atentados en Casablanca y Argel acercan de nuevo a España y, por ende, a la Unión Europea, esta realidad terrorista islámica. Aunque son una agresión directa a la monarquía alauí y al Gobierno argelino y su vinculación con Al Qaida, parece más una referencia ideológica que práctica, suponen una clara advertencia de que el fenómeno terrorista islámico sigue muy vivo. La complejidad de la estructura y el radicalismo del supuesto autor de los atentados, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, rama escindida del GIA en 1998, se manifiesta hasta en su negativa a aceptar la amnistía ofertada por el Gobierno de Bouteflika. Hasta ahora, la eficacia de la policía argelina los había contenido. Su reaparición obliga a reconsiderar los esfuerzos individuales de los países para poner en marcha una estrategia conjunta, realmente eficaz, contra todas las células a la vez y no seguir con la «chapuza vaquera» de Bush. Y es que las actuaciones parciales sólo han servido para taponar algunas grietas de esta bomba a punto de reventar.