ESTA SEMANA se han cumplido dos años de la desaparición de Juan Pablo II. El Diccionario de la RAE tiene dos acepciones de la voz desaparecer . En la primera dice: «ocultar, quitar de la vista»; sólo la segunda afirma: «dejar de existir». En mi condición de creyente, quiero creer en la primera: El papa polaco, el Huracán Wojtyla, uno de los hombres de más influjo moral y ascendiente social en la historia del siglo XX, solamente se ha ocultado de nuestra vista. Su vida fue un testimonio de amor no exenta de sufrimiento. La bibliografía sobre su persona es la más abundante de todos los líderes de nuestro tiempo. Entre ella, como dos preciados tesoros, acaban de ver la luz dos libros que se separan del resto. El primero, recién editado en España, narra sus últimos días con dos testigos de excepción: su secretario Dziwisz y su médico de cabecera Buzzonetti. Al relatar su muerte cuenta cómo el pontífice buscó con la mirada a sor Tobiana, una de las religiosas que lo asistieron durante más de veinte años, y le pidió con ternura: «Dejadme ir a la casa del Padre». Son estas últimas palabras, las escogidas como título del libro. Fueron pronunciadas en las horas previas a entrar en coma. Estaba todavía internado en el Policlínico Gemelli, llamado por el papa «el tercer Vaticano», y con ellas mostraba su convencimiento de que había cumplido su misión terrena y comenzaba el momento de iniciar esa otra vida que tanto anhelaba. El segundo, de inminente publicación en España, Una vida con Karol , está ya en las librerías italianas. Curiosamente, es una autobiografía que se convierte en la biografía de quien da sentido a la vida del autor. Recorre las vivencias del cardenal Dziwisz desde 1966, cuando el arzobispo de Cracovia le pide que sea su secretario particular. El lector podrá ver a Wojtyla superando al comunismo polaco, asistir a su elección y acompañarlo en sus 27 años de pontificado. Dos libros para leer, dos testimonios para conmover.