La UE y el desafío polaco

OPINIÓN

23 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO se cumplen cincuenta años de la firma del Tratado de Roma, y recién consumada la entrada de Rumanía y Bulgaria, la Unión Europea comienza a experimentar algunas desagradables consecuencias de la anterior ampliación, la que dejó su número de miembros en veinticinco. Porque con el paso de los años va quedando claro que los negociadores comunitarios no extremaron el celo a la hora de cerrar los acuerdos con algunos de esos países. Dejando al margen los problemas para la ratificación de la Constitución, el principal punto negro de la Unión se encuentra actualmente -y con pocas trazas de arreglarse en el medio plazo- en Polonia. Este país experimentó a partir de 1990 una traumática transición hacia la economía de mercado, alternándose desde entonces los momentos de euforia con bruscas estabilizaciones. Sin embargo, en los últimos años la situación ha mejorado significativamente, guardando ello evidente relación con la propia integración. Con una población algo inferior a la de España, la tasa de crecimiento de su economía en los últimos años ronda el 5%. Y de cara al inmediato futuro, Polonia será sin duda el principal beneficiario en el reparto del gasto de la UE, pues las perspectivas financieras en vigor le garantizan la absorción de unos 60.000 millones de euros hasta el 2013, más o menos la quinta parte del total de los fondos. Pero en Polonia, como en algún otro de los nuevos socios, se están desarrollando elementos de cultura política y cívica que nada tienen que ver con la médula democrática europea. Con sus políticas educativas y de represión de derechos individuales, con las prácticas orwellianas de la llamada lustración , el Gobierno ultraderechista de los gemelos Kaczynski supera los límites de lo que debiera ser tolerado por la UE. Aunque no se trata sólo de principios. También desde un punto de vista pragmático, el reto del Gobierno polaco debiera tener firme respuesta, al menos en relación con dos asuntos de la máxima trascendencia. El primero es la instalación del escudo antimisiles norteamericano en suelo de ese país, a lo que los Kaczynski se muestran proclives, y que representa una opción contraria a los intereses europeos. Y segundo, aún más grave, el uso reiterado del derecho de veto para impedir los acuerdos energéticos con Rusia, que son vitales para asegurar las perspectivas de crecimiento en el conjunto de la Unión (lo que por otra parte resalta la urgencia de cambiar de una vez sus mecanismos de decisión). A la vista de todo lo cual, no parece que la mejor manera de conmemorar la señalada efeméride del cincuentenario sea transigir y replegarse ante el desafío polaco.